En la soledad de sus tierras remotas, Chris Bennet recibe la visita inesperada de un anciano patriarca con una propuesta singular: robar dos millones de dólares en joyas que custodia Rett Rydley en un fortín, a cambio de apenas doscientos…
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En la soledad de sus tierras remotas, Chris Bennet recibe la visita inesperada de un anciano patriarca con una propuesta singular: robar dos millones de dólares en joyas que custodia Rett Rydley en un fortín, a cambio de apenas doscientos dólares. Las joyas pertenecen a Young Forrest, una aldea montañosa donde el viejo Ismael Fenney ha prometido a sus vecinos rescatar ese pequeño tesoro de sus antepasados. Bennet, hombre curtido que ha renunciado a la acción y busca paz, se ve confrontado con la llegada de Hilda, la nieta del anciano, y una propuesta que despierta en él los ecos de una vida que creía abandonada.
Chris Bennet ha elegido la soledad. Vive en una pequeña casita apartada, rodeada de maleza y montaña, con apenas unas gallinas y cerdos como compañía. Es un hombre de treinta años, curtido por el sol y la experiencia, alguien que ha conocido el lado más duro de la vida pero ha decidido retirarse de él para buscar la paz que siempre soñó.
Una tarde, mientras reposa desnudo bajo el sol tras bañarse en un remanso cercano, un encuentro inesperado lo reclama a la acción: una víbora surge de entre la maleza, y en una fracción de segundo que apenas le permite respirar, Chris extrae su revólver y dispara con precisión mortífera. El reptil cae. La vida en el salvaje oeste no perdona distracciones.
Poco después, cuando aún se viste tras el incidente, aparece un viejo a caballo. Se presenta como Ismael Fenney, un anciano patriarca de larga barba, cansado del viaje. Su voz es de fiar; algo le dice a Bennet que puede escucharlo. Lo invita a su casa, le ofrece comida y vino.
Es entonces cuando Fenney expone su propuesta. Necesita que Chris robe dos millones de dólares en joyas custodiados en un fortín vigilado por hombres armados. Joyas que pertenecen a Young Forrest, una pequeña aldea de montaña donde el viejo nació, donde los ancianos como él permanecen aunque los jóvenes se han marchado. Esas joyas son un tesoro familiar, un legado de sus antepasados: oro, platino, brillantes, esmeraldas que alguna vez adornaron la talla de una virgen en la ermita del pueblo. Fenney prometió a sus vecinos rescatarlas.
Lo extraordinario: solo puede ofrecer doscientos dólares como pago. Es todo lo que tiene.
Chris rechaza la propuesta con la lógica de quien ha pasado años en trabajos peligrosos. ¿Ofrecer centavos a dos hombres para que arriesguen sus vidas? Además, las joyas están en manos de Rett Rydley, un pistolero contra quien Chris ha fallado en capturas anteriores. Hay algo de provocación en esto, una mención que toca algo que Bennet prefería olvidar.
Pero cuando Fenney casi se va, Bennet accede a pensarlo. Y ese pensamiento se complica aún más cuando aparece Hilda, la nieta del viejo, con apenas veinte años. Una muchacha llena de vitalidad pero con la delicadeza de quien vive alejado del mundo, que viajó con su abuelo esperando encontrar ayuda.
En la noche, mientras la muchacha duerme en el altillo y el viejo descansa en la casa, Chris Bennet permanece tumbado bajo las estrellas, pensando. Algo en esta propuesta ha resquebrajado la paz que tan cuidadosamente construyó.
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