Un pistolero viste de negro y lleva un Colt limado en la cintura. Cruza la llanura texana rumbo a Dopken City. En un campamento junto al bosque descubre a un viejo vendedor de elixires y su nieta Judith, de ojos verdes y cabello largo.
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Un pistolero viste de negro y lleva un Colt limado en la cintura. Cruza la llanura texana rumbo a Dopken City. En un campamento junto al bosque descubre a un viejo vendedor de elixires y su nieta Judith, de ojos verdes y cabello largo. Lo que comienza como un encuentro casual se torna en seducción y luego en traición: ella lo roba, dejándolo descalzo en el desierto. Con los pies sangrando, debe elegir entre la venganza y el deseo.
Dean Keith monta un caballo apache bajo el sofocante calor de Texas. El sudor brilla en la piel del animal de crines plateadas. El jinete viste de negro de pies a cabeza: camisa negra, chaleco negro, pantalones oscuros. Su rostro joven de ojos azules llevaría un brillo burlón si no fuera por el Colt del cuarenta y cuatro que cuelga muy bajo en la cintura, con el punto de mira limado. Ese detalle convierte la sonrisa del forastero en algo inquietante.
Bajo los árboles de una planicie descubre un carromato Conestoga. Ernest Johnson, un viejo buhonero que vende un elixir de eterna juventud, lo invita a compartir la comida. De la carreta desciende su nieta Judith, una muchacha de veinte años: ojos verdes rasgados, labios gordezuelos, cabello negro largo. Dean no aparta la vista. El anciano, perspicaz, capta ese fuego en los ojos del forastero.
Mientras comen, Johnson habla de Dopken City, donde se celebra la fiesta anual de Texas con rodeos, competencias de tiro y juegos de azar. Él y su nieta la evitarán, es demasiado peligrosa cuando pistoleros y prófugos de la justicia se reúnen bajo una amnistía que dura los días de fiesta. La Ley no interviene durante esos días. Dean sonríe. Va precisamente hacia allá, buscando esa libertad.
El viejo sugiere que Dean ayude a Judith a traer agua del riachuelo cercano. Bajo los árboles, junto a un remanso, ella emerge del agua mojada e invita al forastero a refrescarse. Cuando Dean sale del agua, todo ha desaparecido. Su ropa, su caballo, su cinturón con el arma, los cubos de agua. Judith se ha esfumado. El carromato no está en la explanada donde antes reposaba.
Dean Keith queda descalzo en el desierto tejano, en paños menores. Sus pies sangran mientras avanza hacia Dopken City por caminos que no conoce. Frente a él, quince millas de polvareda. La caída del sol. El frío de la noche texana que congela hasta la médula ósea. Y la certeza de haber sido engañado y vaciado por una muchacha que le sonreía mientras lo robaba sin piedad. Cuando oscurece, una cabaña aparece entre rocas, al borde de un precipicio.
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