Al anochecer, Judy asciende en automóvil hacia las alturas de Bouldershaw Fell junto al profesor Reinhart. Ante ellos emerge, de pronto, una estructura colosal: tres columnas de acero que se yerguen formando un arco triangular, con un…
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Al anochecer, Judy asciende en automóvil hacia las alturas de Bouldershaw Fell junto al profesor Reinhart. Ante ellos emerge, de pronto, una estructura colosal: tres columnas de acero que se yerguen formando un arco triangular, con un inmenso reflector de cemento en su base y otro metálico suspendido en lo alto. Es el radiotelescopio más grande del mundo, fruto de diez años de trabajo. Pero entre los científicos que lo habitan hay tensiones ocultas, secretos guardados y una inauguración oficial inminente que quizá no sea tan simple como parece.
Cuando la noche cae sobre los páramos de Bouldershaw, Judy Adamson sube en automóvil junto al profesor Reinhart hacia una instalación revolucionaria. En la cumbre aparece una visión extraordinaria: tres gigantescas columnas metálicas que forman un arco, coronando el mayor radiotelescopio del mundo. Un inmenso reflector de cemento yace en el suelo; otro metálico, suspendido desde lo alto, mira hacia el cielo. La estructura posee una personalidad intensa y completa, como una escultura de proporciones descomunales.
En el centro de control, Judy conoce al equipo científico. El profesor Reinhart, hombre de sesenta años, diminuto y pulcro como un médico de cabecera, dirige la instalación con orgullo contenido. El doctor John Fleming, genio de los receptores de baja temperatura, se muestra exhausto y escéptico ante los ceremoniales. Whelan, con acento australiano, parece reconocerla de encuentros en bases militares anteriores. Harvey, más joven, explica con paciencia los principios técnicos del equipamiento.
La inauguración oficial está programada para el jueves, cuando un ministro accionará un botón para poner en marcha el radiotelescopio por primera vez ante dignatarios y prensa. Bajo esta superficie profesional, hay tensiones latentes y secretos guardados. Judy no es simplemente una oficial de relaciones públicas: trabaja para el Ministerio de Seguridad, observando y reportando sobre los científicos con quienes colabora. La orden le desagrada, pues conoce a algunos de estos hombres desde misiones previas en instalaciones clasificadas. Mientras el profesor le muestra fotografías de radioestrellas y explica que escuchan el universo a través del ruido cósmico de cargas eléctricas, ella debe sonreír, tomar notas y mantener sus verdaderos propósitos ocultos.
Fleming apenas disimula su cinismo ante la ceremonia venidera. Habla de un punto de ruptura en las ciencias físicas, de trasponer pronto una barrera hacia territorio desconocido. Su pesimismo contrasta con la serenidad controlada del profesor, quien ha dedicado una década de su vida a esta máquina de escuchar estrellas. Entre todos ellos, Judy navegará las próximas horas en el observatorio, tratando de ser quien aparenta ser mientras guarda la lealtad de quien realmente es.