París, enero de 1837. El Carnaval hierve en las plazas nevadas mientras un pintor español, quebrantado por la pérdida de su madre e hija, busca refugio en la multitud.
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París, enero de 1837. El Carnaval hierve en las plazas nevadas mientras un pintor español, quebrantado por la pérdida de su madre e hija, busca refugio en la multitud. Entre máscaras y arlequines, un desconocido lo persigue con intención de revelarle verdades que destrozarán lo que le queda: que su esposa nunca lo ha amado, que su corazón pertenece a otro. En un café lleno de gente, entre bebidas humeantes y confesiones amargas, se tejirá un drama de pasiones ocultas y venganza.
París, domingo de Carnaval de 1837. La ciudad tiembla bajo un frío glacial, pero las calles hierven de máscaras, carrozas doradas y multitudes danzantes. En la Plaza de la Concordia, una carroza colosal tirada por caballos blancos transporta a ocho personas enmascaradas: cuatro mujeres ruidosas y bullangueras, y cuatro hombres cuyas manos finas y modales distinguidos contrastan con el ridículo disfraz de arlequín. Uno de ellos, cuya esbeltez y dignidad sobresalen pese a la ropa ordinaria, observa la muchedumbre con expresión de hastío y cansancio. Es Manuel.
Después de dos horas de festejos insoportables, Manuel divisa algo en la multitud que cambia su semblante: un hombre que desciende lentamente por la acera, envuelto en una capa negra española. Bajo el sombrero de copa se adivina un rostro hermoso de facciones nobles, ojos pardos profundos, la barba partida con distinción. Es Luciano Vargas, un pintor español que reside en París desde hace tres años. Sin dudarlo, Manuel abandona la carroza y lo persigue entre el tumulto.
Luciano entra en un café abarrotado de gente, buscando huida de sí mismo. El frío, el ruido, la muchedumbre: todo lo abruma. Manuel lo alcanza y, con aparente gentileza, le señala una mesa desocupada. Luego se sienta frente a él. Lo que comienza como acto de cortesía se transforma en confesión devastadora. Manuel revela que conoce cada detalle de la vida de Luciano: sabe que es pintor, que se casó en Barcelona hace tres años, que su esposa se llama Wilna, que acaban de enterrar a su hija, que hace ocho días perdió a su madre. Sabe también que la pobreza golpea su puerta.
Mientras Luciano bebe ponche caliente para olvidar, Manuel continúa hablando. Le dice que Wilna, su hermosa esposa de ojos azules y cabello rubio, nunca lo ha amado. Que su corazón pertenece a otro. Que mientras Luciano sufre la pérdida de su familia, ella ama a un hombre al que nunca ha podido ver. Estas palabras, cada una como veneno, encendidas por la bebida en el estómago vacío del pintor, lo despiertan de su sopor. Su ira crece como una bestia. Manuel susurra que Wilna podría deshonrar al honrado catalán. Luciano se levanta, furioso, y levanta la mano para golpear. Pero Manuel lo detiene con fuerza hercúlea.
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