Abdülhamid II, destronado sultán otomano, se despierta en una habitación oscura de Salónica en su primera noche de destierro. Lejos de Estambul, rodeado de su familia hambrienta, la paranoia imperial se apodera de él: ¿lo han traído aquí…
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Abdülhamid II, destronado sultán otomano, se despierta en una habitación oscura de Salónica en su primera noche de destierro. Lejos de Estambul, rodeado de su familia hambrienta, la paranoia imperial se apodera de él: ¿lo han traído aquí para asesinarlo? Entre el hambre, el frío y la desconfianza, el sultán contempla el precio de haber nacido príncipe en una dinastía donde el cordón de seda y el veneno son herramientas de poder.
En cuanto el sultán Abdülhamid II abre los ojos en la oscuridad de una habitación desconocida, recuerda: está en Salónica, destronado, desterrado. Su mano toca terciopelo verde oscuro. Son los dos sillones que sus hijas han juntado para que descanse. La noche del veintiocho de abril de mil novecientos nueve marca el inicio de su caída. La historia de Abdülhamid es la de los príncipes otomanos: nacer condenado. Su dinastía vive a lomos de un tigre. Mientras lo dominas, eres poderoso, eres un dios; en el momento en que desmontas, te devora. Dieciocho niños recién nacidos han sido estrangulados junto a sus hermanos. Cientos de príncipes han sentido el cordón de seda alrededor del cuello. Los que sobrevivían languidecían en jaulas doradas, encarcelados durante años, esperando cada ruido de pasos creyendo que era el verdugo. Abdülhamid gobernó treinta y tres años desde el palacio de Estambul, temeroso de la muerte, celoso de su poder. Ahora, en una habitación vacía de Salónica, junto a sus hijas, hijos, esposas y criados, la paranoia que lo ha perseguido toda su vida resurge con fuerza asfixiante. Cuando llega el oficial Ali Fethi con comida, el sultán solo puede pensar en el veneno. ¿Por qué helado a medianoche? ¿Por qué una bandeja sin cubiertos? Ha sido traído aquí para morir. Los niños, educados en la corte, hambrientos, comen el helado con las manos mientras el sultán imagina sus cuerpos envenenados. Sus miedos lo consumen mientras recuerda sus virtudes: treinta años de paz entre musulmanes, ortodoxos, judíos y católicos; sus negociaciones políticas que salvaron el imperio. Ahora, sin colonia Atkinson, sin sus herramientas para construir trampas secretas, solo queda la bolsa amarilla con joyas que su hija logró salvar. El sultán arrastra los sillones hasta la puerta para atrancarla, convencido de que esta será su última noche.
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