Cheever se sienta ante su escritorio, contempla las rosas amarillas que su esposa dejó para él, y se enfrenta a la imposibilidad de escribir: su novela ya existe completa, perfecta, en su mente. Prefiere no plasmarla en papel.
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Cheever se sienta ante su escritorio, contempla las rosas amarillas que su esposa dejó para él, y se enfrenta a la imposibilidad de escribir: su novela ya existe completa, perfecta, en su mente. Prefiere no plasmarla en papel. Así comienza la extraña vida de un escritor que compone catorce novelas imaginarias mientras su hijo lo avergüenza, su esposa lo protege, y el mundo lo ignora. En Nueva York, Fran, una mujer convaleciente de múltiples operaciones, se convierte en el centro de una red de amigos que se llaman constantemente, guardan secretas, comparten llaves y enfrentan juntos la soledad de la ciudad.
Cuando E. Taylor Cheever, subdirector de un periódico en Brighton, recibe múltiples rechazos para su primera novela, decide que nunca más escribirá en el papel. A partir de ese momento, este hombre de clase media-alta dedica sus horas en un cómodo estudio a la tarea singular de concebir novelas enteras: catorce en total, con ciento veintisiete personajes completamente formados, sus orígenes, sus diálogos, sus secretos. Sentado ante su máquina de escribir, apenas toma notas, prefiere tatarear suavemente mientras delibera consigo mismo, revisando mentalmente páginas que nadie más leerá jamás. Su esposa Louise, inteligente y leal, lo protege de toda interrupción doméstica, construyendo una narrativa paralela sobre su talento para justificarlo ante su hijo Everett, quien en la adolescencia verá con humillación que su padre sea un novelista invisible. Solo Louise entiende que para Cheever la escritura mental es tan exhaustiva como la física. Cuando muere a los sesenta y dos años bajo una tienda de oxígeno, Cheever aún está componiendo, tarareando, incluso imaginándose enterrado entre los poetas inmortales, brindando una última carcajada absurda a su hijo, quien finalmente comprende que su padre fue extraordinario en su propia mitología. En la Nueva York de la misma época, una red urbana de amigos se sostiene mediante teléfonos coloridos que suenan constantemente. Fran, una secretaria de Consolidated Edison en licencia médica después de dos operaciones consecutivas y una columna vertebral problemática, se convierte sin proponérselo en el nexo emocional de este grupo. Los miembros de la Red —dibujantes, médicos, técnicos de televisión, compradores de tiendas departamentales— se llaman frecuentemente, verificando que estén bien, compartiendo información sobre sirenas de policía en la noche, suéteres que necesitan otro aclarado, plantas que riegan en departamentos ajenos, vidas que se aseguran mutuamente contra un mundo que perciben como poblado de enemigos y ladrones. Fran, generosa y disponible en su recuperación, se convierte en la voz que responde, la persona sobre cuyo hombro se llora. Hasta que una llamada inesperada de una empresa de envíos le ofrece empleo, insinuando que tal vez Con Ed la haya descartado. La solidaridad de la Red —tan frágil como parece sólida— comienza a revelar sus fisuras.