Una autobiografía dictada contra reloj por quien sabía que le restaban pocas vidas. Reinaldo Arenas escribe mientras la enfermedad lo consume, registrando sus años de resistencia clandestina en Cuba, sus fugas fallidas, sus manuscritos…
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Una autobiografía dictada contra reloj por quien sabía que le restaban pocas vidas. Reinaldo Arenas escribe mientras la enfermedad lo consume, registrando sus años de resistencia clandestina en Cuba, sus fugas fallidas, sus manuscritos enterrados, sus miles de encuentros furtivos en la clandestinidad. Un testimonio urgente de alguien cuya rebeldía fue inseparable de su sed de existencia plena en una isla donde vivir era acto revolucionario.
Bajo el acoso del sida terminal, Reinaldo Arenas dictó una autobiografía que es menos relato ordenado que testimonio arrancado del cuerpo moribundo. Sus páginas, escritas con desmaño y urgencia, trazan la vida de un campesino sin educación formal que llegó a La Habana, descubrió la literatura y se convirtió en un disidente que escribía en la sombra. Aquí están sus años como brigadista fervoroso, su transformación en prófugo y presidiario, sus intentos de escape en una llanta de automóvil cruzando el mar, la noche que vivió como animal en las ramas de un parque público. La narración avanza entre anécdotas grotescas —un matrimonio de conveniencia disparatado, la búsqueda desesperada de dientes postizos— y escenas de horror: la persecución constante, la tortura, la paranoia del vigilante en cada esquina. Lo que emerge es el retrato de un hombre cuya desobediencia era congénita, incapaz de amoldarse, quien encontró en la transgresión sexual una forma de resistencia política y en la ficción un refugio donde su rebeldía podía respirar. Un libro que deja al lector incómodo, desvelado, atrapado en la pesadilla de quien se atrevió a ser libre.