En un pequeño cementerio del litoral, donde los ataúdes zarpan con difuntos pálidos hacia el río de los muertos, Recasens ha trabajado como sepulturero durante más de veinticinco años.
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En un pequeño cementerio del litoral, donde los ataúdes zarpan con difuntos pálidos hacia el río de los muertos, Recasens ha trabajado como sepulturero durante más de veinticinco años. Cuando entierra a doña Consuelo, una mujer de noventa y dos años, el lector accede a las vidas guardadas en los nichos: madres que pierden hijos, amantes separados por la muerte, y la reflexión de Recasens sobre cómo la muerte, con su humor y frialdad, iguala a todos. Una prosa que mezcla lo poético con lo cotidiano, lo sagrado con lo burlón.
Recasens lleva más de veinticinco años como sepulturero en un pequeño cementerio del litoral. Es un hombre alto, desgalichado, que habla a los difuntos con respeto sincero, considerándolos la inmensa mayoría de los habitantes de ese territorio entre mundos. Cuando llega el coche fúnebre con doña Consuelo G.I., una anciana de noventa y dos años que falleció de pura vejez, comienza un día ordinario que devela las historias guardadas en los nichos del camposanto.
A través de Recasens, el lector accede a las vidas de los muertos: está la historia de doña Consuelo, una mujer que perdió a su hijo en un accidente de tráfico y vivió décadas con esa aflicción; está también el drama silenciado de dos amantes —la esposa del alcalde y el marido de doña Consuelo— que se amaron en secreto durante meses en la época de la dictadura, separados por el decoro pero unidos por la pasión, y que ahora reposan en nichos cercanos pero eternamente alejados.
La novela alterna entre lo cotidiano del cementerio —los crujidos de los huesos al ser reubicados, las flores que los niños tocan sin permiso, las dos viejas que se santiguan en su banco— y reflexiones profundas sobre la mortalidad. Recasens piensa en su madre, fallecida años atrás, para la que toca rancheras de Moncho en un reproductor casero, y se pregunta si su propio ataúd ya habrá sido construido. La muerte se convierte en la verdadera ciudad, el único reino donde todos residimos finalmente.
Con un estilo poético y preciso, la obra mezcla lo burlón con lo solemne, el humor negro con la ternura, la prosa elegante con las reflexiones breves de un hombre que conoce mejor a los muertos que a los vivos. Cada frase arquitecta una atmósfera donde la muerte no es el final oscuro, sino el espejo en el que la vida cobra sentido.
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