Un muchacho camina por la calle Rivadavia con gesto de anciano a pesar de sus veinte años. Esta imagen abre una serie de crónicas que exploran las vidas de menores que nacieron serios, privados de alegría y aventura.
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Un muchacho camina por la calle Rivadavia con gesto de anciano a pesar de sus veinte años. Esta imagen abre una serie de crónicas que exploran las vidas de menores que nacieron serios, privados de alegría y aventura. A través de varias escenas de la Buenos Aires urbana —un taller de reparación de muñecas, los molinos de viento de Flores, reflexiones sobre un apellido alemán— el autor teje nostalgia por formas de vivir desaparecidas y cuestiona por qué algunos seres parecen condenados a una gravedad prematura.
En la calle Rivadavia, a la altura de Membrillar, el narrador observa a un joven cuyo gesto serio y porte lo hacen parecer un hombre de cincuenta años. Esta observación desencadena una reflexión sobre aquellos menores que nacen ya viejos: niños que desde la escuela portan solemnidad incomprensible, cuyos cuadernos están perfectamente forrados y cuyos libros jamás muestran dobladuras. Estos chicos nunca se hacen la rata, nunca juegan al billar en la esquina, nunca se enamoraron de sus maestras. Viven como escribanos prematuros, serios en su noviazgo, más serios aún en su matrimonio. El misterio que intriga al autor es elemental pero irresuelto: ¿de quién es la culpa? ¿De los padres, de las madres, de algo transmitido sin saberlo? Luego, el narrador deambula por calles descubriendo oficios olvidados. En Talcahuano encuentra un taller donde “se perfeccionan muñecas”, donde hombres polvorientos rellenan piernas de trapo con aserrín y estudian los ojos bizcos de viejos juguetes. Se abre una meditación sobre el sentimentalismo y avaricia de quienes guardan muñecas rotas, de solteronas que no se atreven a descartar lo que costó “sus buenos pesos”. En Flores, barrio de su infancia, encuentra un molino de viento desmochado tras una tapia, con paletas torcidas como cabeza de decapitado. Esta ruina lo transporta al Flores de antaño, cuando había enormes quintas y molinos salpicaban el paisaje. Recuerda eucaliptos, paraísos, postes de quebracho y rejas de hierro macizo. Aquella Buenos Aires parecía menos cínica, menos egoísta, más romántica. Ahora la vara de tierra cuesta cien pesos; antes costaba cinco. Finalmente, reflexiona sobre su propio apellido, Arlt, ese conjunto de cuatro letras que ha perseguido su vida. Las directoras lo interrogaban en la escuela, los maestros hacían pausas cómicas, y por su “musicalidad y poesía” fue expulsado repetidamente. Ni siquiera su nombre le pertenece del todo; forma parte de una cadena de ancestros germánicos que lo condenaron a sonar raro.
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