Un equipo de seis astronautas emerge agotado de una cámara térmica, donde han sido sometidos a pruebas extremas por el profesor Freideberg. Después de tres meses de entrenamiento implacable diseñado para garantizar su supervivencia, están…
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Un equipo de seis astronautas emerge agotado de una cámara térmica, donde han sido sometidos a pruebas extremas por el profesor Freideberg. Después de tres meses de entrenamiento implacable diseñado para garantizar su supervivencia, están a punto de partir en una astronave experimental. En una semana serán lanzados hacia Marte, Venus y Mercurio, en la primera expedición humana del sistema planetario. El profesor los ha preparado sin clemencia, sometiéndolos a temperaturas brutales y presiones psicológicas para asegurar que regresen vivos a la Tierra, en contraste con los métodos apresurados de sus rivales soviéticos. Ahora, descansando antes del viaje definitivo, la tripulación reflexiona sobre lo vivido y lo que les aguarda en los mundos desconocidos.
A través de la puerta metálica de una cámara térmica se filtra una ola de calor sofocante. El profesor Karl Freideberg observa a los astronautas inconscientes, sus cuerpos aún conectados a sensores que registran cada reacción. Tras siete horas de temperaturas extremas, la experiencia ha concluido. Su ayudante Stephan Leemer los despierta uno a uno, comenzando por Oscar Mac Lewen, el piloto, que abre los ojos y sonríe a pesar del agotamiento.
Durante tres meses, Freideberg ha diseñado un programa de preparación sin concesiones. No busca glorias momentáneas como los soviéticos, sino garantizar la supervivencia de la tripulación. Sabe que el espacio no perdona. Ha sometido a seis personas —el piloto, tres hombres de la expedición y la doctora Marina Oswer— a pruebas físicas y mentales brutales. Les ha expuesto a temperaturas extremas, presiones electromagnéticas, privación sensorial, todo lo que anticipa que enfrentarán en los mundos que visitarán.
Ahora, reponiéndose de la última prueba con leche azucarada, los astronautas escuchan a Freideberg justificar su rigor. Les explica que el viaje que realizarán no es sencillo: una ruta directa a Marte, seguida de saltos hacia Venus y Mercurio, aprovechando las corrientes electromagnéticas solares. Mercurio, en particular, será mortífero. Su superficie muestra siempre la misma cara al Sol, creando zonas de temperaturas extremas que ningún humano ha experimentado.
Una semana después, la astronave ya vuela. Oscar Mac Lewen calcula que en ocho o diez horas alcanzarán Marte. A bordo, la tripulación parece sorprendentemente tranquila. Juegan cartas, leen, conversan como si viajaran en un avión comercial hacia una ciudad cercana. La ingeniería del profesor ha hecho posible lo imposible: una nave automatizada, sistemas de seguridad completos, aceleración controlada. Pero la tranquilidad es frágil. Edward Waldare señala lo obvio: lo que han soportado en la Tierra es nada comparado con lo que les espera.
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