En el estudio de tatuajes de Crack, Loreto exige que le borre el nombre que lleva tatuado en el antebrazo: Alek. El tatuador se niega con un argumento tajante: «Los recuerdos no se pueden borrar».
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En el estudio de tatuajes de Crack, Loreto exige que le borre el nombre que lleva tatuado en el antebrazo: Alek. El tatuador se niega con un argumento tajante: «Los recuerdos no se pueden borrar». Así comienza una novela sobre una maquilladora de cine de treinta y dos años que ha construido su vida sobre el acero del no rendirse, pero que descubre que algunos duelos no se pueden borrar con tinta ni distancia.
Loreto es una mujer de treinta y dos años cuya vida se construyó sobre los cimientos de la fortaleza. Maquilladora de cine de renombre internacional, nominada a un Goya, elegida para trabajar con Ridley Scott y próxima a entrevistarse con el oscarizado Christopher Nash en Los Ángeles, su carrera brilla con el fulgor del éxito. Su piel, como su vida, está cubierta de tatuajes que cuentan historias de un carácter indomable: una calavera en la espalda, un dragón en el abdomen, rosas en el tobillo, y un brazalete misterioso del que cuelga una pluma. Pero hay un tatuaje que pesa más que los otros: el nombre de Alek, grabado en su antebrazo. Dos años atrás, él se marchó con una promesa que nunca cumplió. «Aunque fueran mil años no olvides nunca que te quiero», susurró en su oído. Loreto esperó. Las llamadas perdidas y los mensajes sin contestar se acumularon como cicatrices. Ahora, antes de partir hacia América, ha decidido que es hora de borrar ese nombre de su piel. Cuando acude al estudio de Crack, el hombre que ha tatuado cada impulso de su piel desde los dieciocho años, él se niega. No es un rechazo profesional; es una afirmación brutal: «Los recuerdos no se pueden borrar». Y Loreto descubre, en esa frase, una verdad que ha estado evitando: que Alek no es solo un nombre en su piel, sino una herida que ningún procedimiento puede cicatrizar. La novela la sigue durante un día caótico en Madrid, donde cada encuentro refleja su lucha interna: desde el empujón de un adolescente en el metro hasta el encuentro inesperado con dos monjas que la confunden con el ángel de la muerte. Son momentos que revelan cómo una mujer que nunca ha permitido que la vida la venza comienza a enfrentar la posibilidad de que quizá, para sanar, primero tenga que rendirse.