Una joven mujer recibe en su oficina a una entrevistadora que la observa con admiración envuelta en resentimiento. El relato retrocede entonces a la propia juventud de la narradora: años de promesas estudiantiles en Barcelona, la ebriedad…
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Una joven mujer recibe en su oficina a una entrevistadora que la observa con admiración envuelta en resentimiento. El relato retrocede entonces a la propia juventud de la narradora: años de promesas estudiantiles en Barcelona, la ebriedad de la libertad próxima, futuros radiantes. Pero la vida adulta que llega es otra: trabajo en editorial, rutina de autobús, agotamiento, soledad. En ese vacío, lee la biografía de Amiel, el diarista que eligió no vivir, mientras el pasado reaparece en forma de un antiguo compañero en moto que la arrastra de vuelta a las Ramblas.
Una joven mujer está en su oficina cuando recibe a una entrevistadora. La visitante mira alternativamente el retrato y el rostro de la mujer, como dudando de su identidad. Mientras el encuentro transcurre, la narradora reflexiona sobre esa brecha infranqueable entre lo que somos y lo que aparentamos ser a los ojos de quienes nos admiran y nos envidian simultáneamente.
Luego, el texto regresa años atrás, a cuando la misma mujer acababa de terminar sus estudios universitarios. Barcelona se abre ante ella con toda la promesa del mundo: noches en el Barrio Gótico, tardes en el rompeolas, cafés de la Facultad donde discurrían horas de conversación interminable. La juventud es una ascensión, una puerta abierta a la libertad, al amor, a la vida sin restricciones. Ella imagina viajar, escribir, vivir intensamente, ahora que no hay profesores ni padres que le prohiban nada.
Pero cuando llega la vida adulta, la realidad toma un giro inesperado. El trabajo en una editorial la atrapa en una rutina implacable: autobús a las ocho, oficina a las nueve, comida rápida, vuelta a las tres y media, salida a las siete, mercado, cena, colapso por el agotamiento. Los fines de semana se convierten en un vacío que arrastra. Evita a los amigos, no sabe por qué, como si sintiera vergüenza de haber fracasado en ser libre.
En ese estado de desconcierto, su jefa le encomienda leer biografías y redactar informes. Entre los retratos de Colette, Sylvia Plath y otros grandes nombres, ella elige al más oscuro: Amiel, el diarista que escribió dieciséis mil novecientas páginas sin vivir realmente. Su historia hipnotiza: un hombre que optó por no entregarse, que se refugió en su habitación, que consideraba la vida insatisfactoria y eligió observarla desde la distancia de su diario. Es un espejo perturbador.
Todo cambia una noche cuando un antiguo compañero de Facultad aparece en moto: ese muchacho errático que saltaba entre carreras y que, con su voz quejumbrosa y sus gestos de timador carismático, le ofrece una salida momentánea de su postración. Ella sube a la moto y baja las Ramblas como si fuera una diosa. El encuentro remueve el polvo de años dormidos, trayendo consigo preguntas sin resolver sobre quién fue, quién es, y qué le sucedió a la libertad que juraba reclamar.
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