En el año 2000, Frank Connors y Patty Gibbons comparten un beso prohibido en los apartamentos de la base espacial, sabiendo que violarán las normas disciplinarias del general Emerson.
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En el año 2000, Frank Connors y Patty Gibbons comparten un beso prohibido en los apartamentos de la base espacial, sabiendo que violarán las normas disciplinarias del general Emerson. Descubiertos por vigilancia electrónica, enfrentan castigos implacables: la separación y el destierro a bases remotas. Pero el viaje de Frank hacia el polo Norte no será lo que esperaba. Un objeto no identificado intercepta su convoy aéreo con una amenaza descarnada.
La base espacial de 1999 funciona bajo una disciplina tan férrea que ninguno de sus oficiales se atreve a fraternizar. El general Emerson, máquina de eficiencia que duerme apenas dos horas diarias, ha prohibido categoróricamente los romances entre el personal. Pero Frank Connors, capitán de treinta años con una constitución de piloto de élite, y Patty Gibbons, teniente de inteligencia, comparten algo que ni la vigilancia electrónica permanente fue suficiente para frenar. Un beso en el sofá de su apartamento basta para que la red de espías del general los capture.
El general Emerson no titubea. Frank será enviado a la Estación 3-R, la base del polo Norte, considerada una prisión de hielo. Patty irá a las selvas del Amazonas. Es entonces cuando aparece la doctora Eva Harlow, psicóloga de veintitrés años, hermosa y glacial, quien ha sido la responsable de vigilar a Frank. Entre ellos brota una tensión cruda: ella, una mujer sin aparente capacidad de sentir; él, un hombre que acaba de ser exiliado. Cuando Frank intenta aproximarse, ella lo rechaza con precisión científica.
Frank despega en su Shelley-22, el avión más veloz del mundo, tripulado por mandos electrónicos y computadores. Junto con otros dos aparatos, navega hacia el norte a 20.000 metros de altura. Entonces, en el radar, aparece una señal que no coincide con ningún protocolo conocido. Un objeto desciende a velocidad hipersónica. Una voz desconocida emite un ultimátum: identificarse o ser destruido. Cuando ignoran la advertencia, el avión de Alan Johnson es pulverizado en el cielo. No queda ni un fragmento. La amenaza es real y proviene de algo que ninguno de ellos reconoce.
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