André regresa a las tierras gallegas de As Airas tras diez años estudiando Leyes en Salamanca. El joven abogado atraviesa el camino hacia el pazo familiar mientras los recuerdos de la infancia lo envuelven: el aroma del pote hervido, las…
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André regresa a las tierras gallegas de As Airas tras diez años estudiando Leyes en Salamanca. El joven abogado atraviesa el camino hacia el pazo familiar mientras los recuerdos de la infancia lo envuelven: el aroma del pote hervido, las risas en los pasillos, la voz de su tía Iria. Pero el encuentro que esperaba lo sume en una confusión de emociones cuando ella aparece con sus ojos verdes encendidos, borrando con un gesto los límites entre el afecto familiar y un deseo más profundo. En el corazón de Galicia, entre las montañas y los pastos de la heredad de los Castronavea, comienza una historia de pasión que desafía los lazos de sangre y las convenciones.
Cuando André Castronavea baja del carro que lo transporta desde Salamanca, ha pasado una década lejos de As Airas, el pazo familiar en tierras ourensanas. Tras completar sus estudios de Leyes con el rigor que su abuelo esperaba, regresa transformado, cargando los recuerdos de la infancia como si fueran las piedras de granito que enmarcan el camino hacia la casa solariega. Los montes gallegos, con sus ríos Sil y Navea serpenteando entre verdes hirientes, están grabados en su memoria: el pulso de la vida rural que su tía Iria le había descrito años atrás, cuando aún era un niño. Los Castronavea son una familia de fidalguía rural, propietarios de una de las explotaciones agrícolas más importantes de Ourense. El abuelo Dositeu, con setenta y tres años, ha construido su imperio sobre el trabajo y la persistencia. Su lema grabado en el escudo familiar —Colere, Lac, Caro: Cultivar, Leche, Carne— resume una filosofía de vida dedicada al esfuerzo. Los pastos de la heredad producen ganado vacuno exportado a Portugal, Inglaterra y gran parte de España. Las herrerías generan buenos réditos, los campos de cereal y maíz se extienden por toda la zona, y hasta poseen un pequeño viñedo que produce su propio vino. Pero cuando André entra al salón, descubre que falta alguien: su tía Iria. Ella no está entre los familiares que lo reciben con sorpresas y abrazos. Es una ausencia que lo punza, porque Iria siempre fue más que una tía para él. Siete años mayor, hermanastra de su padre, ha sido su confidente, su brújula emocional durante la infancia. Sus cartas —las más recurrentes durante su exilio en Salamanca— lo mantenían anclado a la tierra que dejaba atrás. Cuando por fin ella llega de los montes, donde supervisaba partos de las rubias gallegas, el encuentro disuelve cualquier distancia de años y geografía. En ese instante en que sus miradas se encuentran, algo se quiebra en el orden natural de las cosas. El beso que Iria le da no es el de una tía que recibe a su sobrino: es el de una mujer que ha esperado, que reconoce en él algo más que un lazo de sangre. André siente cómo todas las separaciones, todos los recuerdos solitarios de Salamanca, se desvanecen ante la presencia abrumadora de aquella fuerza salvaje. Lo que comienza entonces es una batalla silenciosa entre el deber, la familia y un deseo que amenaza con redefinir todo. En el corazón de Galicia, donde la tierra es sagrada y los lazos de sangre son el cimiento de la moral, surge una pasión que desafía los códigos que la familia ha construido a lo largo de generaciones.
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