Austin, el mayordomo, reconoce haber visto al señor Warren en la biblioteca esa medianoche, fumando y leyendo el periódico. Pero Warren refuta su propio alibi: esa noche cenaba fuera, en Voisin.
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Austin, el mayordomo, reconoce haber visto al señor Warren en la biblioteca esa medianoche, fumando y leyendo el periódico. Pero Warren refuta su propio alibi: esa noche cenaba fuera, en Voisin. El inspector McWalsh debe entonces averiguar quién fue el hombre que el mayordomo vio. Un ladrón lo bastante astuto para suplantarlo, o algo más oscuro aún.
El inspector McWalsh interroga al mayordomo Austin en torno a un robo de objetos valiosos ocurrido en la residencia de Conington Warren, millonario y aficionado a las carreras de caballos. Austin, hombre de modales refinados y trayectoria impecable al servicio de familias distinguidas, sostiene que a media noche y media del martes vio a su amo en la biblioteca, fumando y leyendo el periódico, cuando le preguntó si deseaba algo antes de retirarse. El inspector lo interroga con dureza, sospechando negligencia. ¿Cómo permitió que un ladrón se llevara diez mil dólares si cerró la casa? Austin responde con precisión profesional: cumplió sus deberes. Pero cuando Warren entra en la sala, la investigación gira sobre sí misma. El propietario niega haber estado en su casa esa noche. Cenaba en Voisin, celebrando el éxito de un potro de carrera llamado Saint-Beau. No regresó hasta las cinco de la mañana, todavía intoxicado por cócteles insidiosos. Austin entonces reconoce un problema en su observación. El hombre que vio no llevaba exactamente el mismo smoking que Warren. Y hay más: vio a otro visitante esa noche, alguien que accedía libremente a las habitaciones privadas del millonario, alguien que lo llamaba por un apodo familiar. Warren asegura no reconocer a ninguno de sus amigos con esas características. Mientras el inspector lucha por mantener autoridad sobre la investigación, Austin hace una observación incómoda: el ladrón no era un criminal vulgar, sino alguien lo bastante refinado para engañar a los ojos de un mayordomo entrenado en distinguir a los caballeros. Para un policía acostumbrado a delincuentes comunes, ese tipo de sofisticación podría resultar invisible.
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