Sergio Algañaraz, un periodista porteño de finales de los setenta, llega a Playa Bonita en busca de una historia sencilla para su revista: documentar el Hotel Atlantic, un edificio abandonado que se alza solo en una playa desolada.
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Sergio Algañaraz, un periodista porteño de finales de los setenta, llega a Playa Bonita en busca de una historia sencilla para su revista: documentar el Hotel Atlantic, un edificio abandonado que se alza solo en una playa desolada. Sin embargo, los encuentros fortuitos con personajes misteriosos, un récord mundial de natación y la aparición de gente que exige ser parte de la ficción que se está escribiendo transforman una tarea menor en una aventura donde realidad e invención se entrelazan de manera incómoda.
Sergio Algañaraz, un periodista porteño de finales de los setenta, llega semidormido a medianoche a Playa Bonita, un caserío infame poco más allá de Necochea. Su tarea parece sencilla: tres páginas a color para la revista dominical, fotografías del Hotel Atlantic, ese edificio desmesurado y semivacío que se alza solo como un transatlántico olvidado en la arena.
El viaje comienza con promesas incumplidas. El hotel que Algañaraz viene a documentar es apenas una mole rosa descascarada, rodeada de casitas cuadradas y despachos de pan, donde el único movimiento parece ser el del viento que levanta arena de los médanos. Pero en la playa, durante un caminar solitario, el periodista se topa con un encuentro inquietante: un hombre petiso, de pocos dientes y ojos grises, que porta un revólver como quien lleva un facón, le pide fuego con una calma que presagia algo más grave que una simple solicitud.
Ese mismo día, mientras recorre las tres cuadras de la calle principal, Algañaraz se entera de que el Club Atlético El Trinquete alberga un evento singular: Eliseo Mojarrita Gómez, un nadador de aguas abiertas, intentará romper un récord mundial de permanencia en el agua. Una rubia que vende entradas lo seduce amistosamente y le propone un trabajo: ser escribano del evento, alguien que firme las planillas cada hora mientras vigila desde una silla.
Lo que parece una distracción menor se convierte en el hilo que teje la novela. La aparición de Mojarrita Gómez, quien llegó desde Asunción para asegurarse de que su historia fuera contada, marca el punto de ruptura donde la ficción y la realidad se solapan de manera incómoda. Un autor escribía sobre este personaje sin haberlo conocido; el personaje aparece exigiendo ser parte de lo que se está escribiendo.
Entre los comentarios escépticos de amigos que abandonan las mesas de bares, las críticas sobre la ausencia de cadáveres en un relato policial ubicado en una playa desolada, y los encuentros fortuitos con gente de procedencia incierta, emerge un tejido narrativo donde los nombres pueden no coincidir con gente real, pero los hechos sí ocurrieron en esa playa miserable. El viento que amenaza con llevarse todo, la pileta iluminada donde ocurrirá el evento acuático, los personajes que llegan sin ser llamados: todo converge en Playa Bonita como si la realidad misma exigiera ser ficción.
La novela juega con la incertidumbre de qué es invención y qué es testimonio, qué pertenece al registro periodístico y qué a la reconstrucción literaria. En ese espacio ambiguo, donde un periodista buscaba tres páginas de color para su revista y encontró una historia que no sabía que estaba buscando, se despliega una aventura que es, finalmente, la de todos aquellos que alguna vez quisieron quedarse en el agua un poco más.
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