En los primeros rayos del amanecer, Mihkael sube al torreón del Confín para disfrutar de un momento de paz antes que despierte el resto de los ángeles.
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En los primeros rayos del amanecer, Mihkael sube al torreón del Confín para disfrutar de un momento de paz antes que despierte el resto de los ángeles. El Guerrero, primer alto príncipe, carga con la responsabilidad de mantener el orden cósmico tras la caída de su hermano Lhuzbel, quien en tiempos de la rebelión sembró odio y devastación impulsado por su desprecio a la humanidad. Ahora, en las profundidades del Confín, una querubín llamada Argenthea cuestiona en silencio el propósito de su existencia, albergando anhelos que desafían los designios establecidos.
Hace tiempos inmemoriales, antes del espacio y del tiempo, el Creador formó ocho altos príncipes de luz. Seres perfectos, inmortales y dotados de una Gracia divina que se manifestaba en alas inmensas y multicolores. Entre ellos habitaba Lhuzbel, el más bello y elocuente, cuya voz cautivaba a quien lo escuchara. Pero cuando Dios creó a la humanidad y le otorgó libre albedrío, algo oscuro germinó en el corazón del arcángel caído. Su desprecio hacia los hombres se convirtió en obsesión y sed de venganza que lo llevó a encabezar una rebelión devastadora. Durante eones de guerra, ángeles se enfrentaron a ángeles, y la luz fue extinguida por la luz misma. Los siete príncipes fieles, bajo el liderazgo de Mihkael, derrotaron a Lhuzbel y lo encerraron en un vacío del espacio, un lugar fuera del tiempo sin salida ni redención.
Ahora Mihkael, llamado el Guerrero, porta la carga de mantener el orden cósmico. Cada amanecer en el Confín es un respiro antes del nuevo día de vigilancia. Pero mientras él disfruta de la paz en las alturas, en los pasillos del reino una querubín llamada Argenthea se debate en silencio. No es aún un ángel de pleno derecho: sigue siendo instrumento de obediencia, aprendiz bajo tutela de maestros que esperan su conformidad. Sin embargo, algo en su espíritu la empuja a cuestionarse los designios asignados, a anhelar más de lo permitido. Dividida entre deber y preguntas que bullen en su ser, Argenthea representa una amenaza silenciosa para un orden que llevaba eones sin ser perturbado.