En una noche de los años treinta, en un caserón sin muebles alumbrado por una bujía desnuda, sentados en cajas de embalaje, Onetti escucha las argumentaciones de Joaquín Torres García sobre el constructivismo.
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En una noche de los años treinta, en un caserón sin muebles alumbrado por una bujía desnuda, sentados en cajas de embalaje, Onetti escucha las argumentaciones de Joaquín Torres García sobre el constructivismo. Este volumen reúne artículos donde el autor reconstruye encuentros con tres figuras de la cultura uruguaya: el pintor que regresó a Montevideo convencido de crear arte nuevo de la nada, el pianista Felisberto Hernández escribiendo en libros de papel de fideos, y Susana Soca, quien gastaba sus millones en París editando una revista mientras se sumergía en la resistencia francesa. Son testimonios de una época donde la creación artística y la política se entrecruzaban, narrados por un testigo que dudó, aprendió y guardó celosamente estos recuerdos.
Una noche en un caserón oscuro, con apenas una bujía colgante y sillas de embalaje, comienza este volumen de artículos. Onetti escucha durante horas a Joaquín Torres García argumentar que el Uruguay, sin pasado civilizador indígena, era el lugar perfecto para crear un arte completamente nuevo. El joven escritor intenta disuadirlo: el país carece de tradición cultural, la gente desecha los restos de barro sin reconocerlos. Torres García responde como en una partida de ajedrez: buscaba precisamente un terreno virgen donde el constructivismo creciera sin imposiciones. Aunque el taller que fundó terminará cuando expulse a todos sus discípulos por descubrir surrealismo en uno de los cuadros, Torres García dejó su marca en una generación que aprendió a mirar con nueva claridad.
Años después, Onetti encuentra a Felisberto Hernández, el flaco pianista que golpea instrumentos desafinados en pueblos del interior mientras escribe en libros de papel de fideos, cosidos con alambrado. Sus textos carecen de lo que se llama técnica o estilo: son un alma desnuda contando sus reacciones ante la muerte. Un círculo de admiradores lo clasifica como “naïf” y Felisberto, sabiéndolo o no, persigue ese malentendido. Un viaje a París trae beca y Gallimard; regresa escribiendo novelas que conservan deliberadamente esa ingenuidad, aunque su cuerpo se deforme bajo los años.
Existe también Susana Soca: mujer diminuta que antes de la guerra gasta millones en París editando una revista donde colaboran los más destacados escritores franceses, y después se sumerge en el maquis, llevando mensajes en su bicicleta al borde del abismo. De regreso en Montevideo, convierte su casa en museo con Picasso, Cézanne y Modigliani, espacios donde la vida parecía menos mala, y sigue editando la revista contra toda adversidad.
Estos artículos trazan retratos de personas obsesionadas: encuentros con la búsqueda de formas propias, con el sacrificio silencioso de quienes trabajaron lejos del reconocimiento. No son hagiografías sino testimonios de un testigo que dudó, se equivocó, aprendió y guardó celosamente estos recuerdos de un arte hecho en la penuria material y la riqueza del espíritu.
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