Reah yace en una playa de arena gris, el último ser humano en la Tierra devastada. El mundo se desmorona bajo el peso de sus propias guerras, y cuando el anciano que la crió desaparece, decide terminar su existencia.
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Reah yace en una playa de arena gris, el último ser humano en la Tierra devastada. El mundo se desmorona bajo el peso de sus propias guerras, y cuando el anciano que la crió desaparece, decide terminar su existencia. Pero en los espejos de Boreana, lejos en el cosmos, alguien vigila. Gamma, una joven boreana, convence a su hermano para activar el Atlante, una máquina olvidada dormida miles de años. Así nace un encuentro entre dos mundos condenados.
Una escena abre el relato: Reah, el último ser humano sobre la Tierra, camina hacia una playa gris tras perder a Naori, el anciano que la crió. En su bolsillo lleva un pequeño espejo de mano, regalo de su tía Juhn de años atrás. Bajo un cielo vacío de pájaros, recostada en la arena, toma una decisión definitiva.
Pero en Boreana, remoto rincón del universo, no está sola en su agonía. Gamma, una joven de ojos desafiantes, observa a través de una pantalla el momento en que Reah levanta el espejo a sus muñecas. Su hermano gemelo Alpha cree que una humana no merece salvación, que su raza se ha destruido a sí misma. Pero Gamma no ceja. Convence a su hermano de activar el Atlante, un transportador interestelar dormido hace más de catorce mil años.
Lo que sigue es un acto de audacia científica. Epsylon, el técnico de transportadores, duda de si la máquina funcionará. Pero Gamma lo empuja. Con cada golpe frustrado al condensador, la máquina despierta. La Sala de Atlántida se llena de luz, las paredes tiemblan, y el transportador regresa con lo imposible: Reah, aún viva.
En las Salas Curativas de Boreana, Gamma vela la cura de la joven mientras el mundo boreano intenta comprender qué acaba de ocurrir. Sigma, otro de sus hermanos, llega desconcertado. En ese instante comienza una nueva historia: la convergencia de dos razas, la reunión de dos mundos que el universo parecía haber separado para siempre.