En una casa de pueblo, cinco meses después de la muerte del padre, Bami lava las baldosas del corredor mientras su madre cuenta recibos y facturas.
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En una casa de pueblo, cinco meses después de la muerte del padre, Bami lava las baldosas del corredor mientras su madre cuenta recibos y facturas. La muchacha de dieciséis años, callada y reservada desde la infancia, ha pasado desapercibida toda su vida. Pero ahora su madre ve urgencia en su inmovilidad: es hora de que Bami encuentre su camino. La carta dirigida al hermano mayor plantea la pregunta que atraviesa esta novela: ¿qué futuro aguarda a quien parece no encajar en ningún lugar?
Bami Bamidira limpia las baldosas del corredor de su casa en un pueblo de montaña, indiferente al paso del tiempo. Cinco meses antes, una tormenta arrastró a su padre mientras cruzaba un barranco, dejando en la casa únicamente a dos mujeres: la madre, resignada en su viudez lenta, y Bami, la menor de tres hermanos.
La muchacha ha sido siempre así: callada, modosa, atravesada por una lentitud que algunos atribuyen a la picadura de un lagarto venenoso que casi la mata siendo niña. Ni fea ni hermosa, lista a su manera pero dócil, parecería destinada a desaparecer dentro de una vida doméstica sin sorpresas. Su padre solía criticarla por falta de arranque; la escuela la consideraba formal, tímida, silenciosa.
Pero mientras Bami lava de rodillas las baldosas que nadie mancha, su madre, sentada ante los recibos del banco y la cartilla de ahorros, siente por primera vez lástima genuina. El dinero no alcanzará. Decide escribir al hijo mayor pidiendo que acoja a su hermana menor, que encuentre trabajo en el pueblo donde él vive. El mayor, sin embargo, rechaza: Bami es tonta, dirá, y causaría problemas. Vive maritalmente con una mujer separada, es rechazado por los vecinos; no puede llevar más conflicto a su casa.
La madre insiste. Sugiere que Bami quizá no es tan simple como aparenta: ha leído muchos libros de la escuela, ha sido vista llorando con un libro en las manos. Pero el hijo no cede, y la conversación se tuerce hacia una verdad más incómoda: la única solución real sería enviar a Bami a la capital, donde vive el hermano mediano. Allá hay futuro, hay oportunidades. Allá, aunque lejos, Bami podría aprender un oficio y escapar a la miseria que la aguarda en la montaña.
Mientras madre e hijo debaten el destino de Bami en el salón iluminado por una lámpara de pocos vatios, afuera comienza a sonar una lluvia que tamborilea en el tejado.
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