Un vapor atraca en el puerto fluvial de Río Caimán. Desciende Johnny Roberts, un norteamericano taciturno que se define con absoluta franqueza: es una pistola de alquiler.
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Un vapor atraca en el puerto fluvial de Río Caimán. Desciende Johnny Roberts, un norteamericano taciturno que se define con absoluta franqueza: es una pistola de alquiler. La ciudad, transformada por la explotación petrolera bajo el control de Jerry Colton y su compañía CEPESA, es un hervidero de rivalidades donde Roberts deberá elegir entre servir al magnate o al líder de la resistencia que lo recluta en las sombras. En un territorio donde la violencia y el dinero se respiran con el polvo de las calles, comienza una historia de ambición, supervivencia y lealtades que se venden al mejor postor.
Río Caimán es una ciudad en transformación, donde la selva y la civilización chocan en un caos tan ordenado como el dinero que lo genera. Las calles polvorientas albergan desde chozas ruinosas hasta modernos almacenes y residencias lujosas, un paisaje que mezcla la podredumbre con la ambición. En este territorio, donde hombres de todas las razas deambulan bajo un calor sofocante que parece exacerbar los instintos más primitivos, llega Johnny Roberts.
Roberts desciende del vapor con la precisión de quien conoce su oficio. Norteamericano, taciturno, portador de una pistola en su funda axilar y una mirada que genera fascinación y temor simultáneamente, se presenta al mundo con una frase lapidaria: es una pistola de alquiler. No busca amigos, no se detiene en escrúpulos morales, solo cobra por su trabajo. En Chicago fue un hombre sin futuro; en Río Caimán es precisamente lo que alguien está buscando.
La ciudad está bajo el dominio de la Compañía Explotadora de Petróleos, CEPESA, cuyo nombre aparece en cada rótulo, cada almacén, cada esquina como una marca de poder inexorable. Su presidente es Jerry Colton, un hombre que roza la cuarentena, rubio, elegantemente vestido, que representa una inteligencia fría y una peligrosidad apenas disimulada bajo la cortesía. Colton ve en Roberts el instrumento perfecto para sus planes de consolidación de poder.
Pero Roberts no está solo en la mira. Antonio Morales, capataz de los campos petroleros, lo aborda con una propuesta rival: trabajar no para fortalecer el monopolio de Colton, sino para resistirlo. La ciudad se divide; todos observan a Roberts como si fuera la pieza que decide el futuro del lugar. El mercenario, indiferente a ideologías, solo entiende una cosa: debe elegir quién lo paga mejor, sabiendo que junto a Colton el único futuro prometido es la muerte con los zapatos puestos.