Un padre de ochenta y cinco años pronuncia una sentencia: "Aquest és un vivales". Esa palabra en desuso define para el narrador toda una época y un sistema de poder.
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Un padre de ochenta y cinco años pronuncia una sentencia: "Aquest és un vivales". Esa palabra en desuso define para el narrador toda una época y un sistema de poder. A través de anécdotas de su juventud en periodismo catalán, de conversaciones en terrazas barcelonesas y de observaciones sobre la universidad, los políticos y los medios, el autor traza un retrato ácido del procés independentista: sus personajes, sus absurdos, sus complicidades y el colapso de una comunidad que confundió idealismo con farsa.
Un padre de ochenta y cinco años ve en televisión las imágenes de Carles Puigdemont en Waterloo, entre su chalé, sus comidas y sus solicitudes para mantener su tren de vida. Entonces suelta una palabra olvidada: “Aquest és un vivales”. Ese término, que significa persona vividora y desaprensiva, resume para el narrador toda una época de la política catalana.
El libro es un recorrido sin piedad por los años del procés independentista. El autor relata su experiencia como periodista en el Punt Diari, donde conoció a Puigdemont cuando era solo otro redactor con gafas y flequillo, el Wally de la redacción. A partir de esa memoria inicial, el texto se expande en capas: anécdotas personales, conversaciones en terrazas, crítica del sistema universitario, retratos de políticos, intelectuales y activistas que el narrador ve como cómplices del absurdo.
El procés, en esta lectura, no es épica sino ópera bufa. Los supuestos luchadores por la independencia son personajes de variedades: monjes argentinos, actores envidosos, periodistas lameculos, vivales de pisos turísticos. El autor traza paralelos brutales: si la Cataluña de Carles Riba era intelectualidad, la de Toni Soler es vulgaridad tuitera. La universidad se convirtió en feudo lacista donde no caben ideas disidentes. Javier Cercas y Salvador Oliva, que tradujeron a Shakespeare y escribieron críticas, fueron expulsados de la comunidad académica por el delito de pensar diferente.
No hay ternura en estas páginas. El Vivales aparece aquí no como revolucionario sino como un gestor de cajas de resistencia, como alguien cuya envidia a un teléfono que suena demasiado explicaría cualquier decisión de gobierno. El 061, línea de información sobre la COVID-19, funcionó de pago en Cataluña mientras otras autonomías la ofrecían gratis: una anécdota que resume el funcionamiento del sistema.
El narrador regresa a su Girona, zona cero del lacismo, y observa cómo la ciudad entera prepara una peregrinación a Perpiñán para ver aparecer al Vivales. Estas no son memorias políticas convencionales sino un testimonio de cómo un ideal colectivo deviene en circo, y cómo quienes debían ser pensadores se convirtieron en gestores de la mediocridad.
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