Jorge Lawrence, oficial del servicio civil británico, contempla desde su tienda el desolado paisaje del Sahara. Debilitado por enfermedad y agotamiento, cuenta con un mes antes de poder regresar a casa.
Descargar
Jorge Lawrence, oficial del servicio civil británico, contempla desde su tienda el desolado paisaje del Sahara. Debilitado por enfermedad y agotamiento, cuenta con un mes antes de poder regresar a casa. En la estación de Kano se reencuentra con su amigo, el Mayor Enrique de Beaujolais, oficial francés, quien trae un relato extraordinario: los inexplicables sucesos del fuerte de Zinderneuf, donde un aparente sitio de tuaregs se desvanece en el más desconcertante de los misterios.
En el corazón del Sahara, Jorge Lawrence aguarda el momento de abandonar Nigeria. Años en el desierto le han dejado marcado por la malaria, la disentería y una soledad sin igual. El calor asfixiante, el polvo omnipresente del Harmattan que se filtra en todo, la correspondencia áspera con superiores lejanos, los conflictos políticos locales: todo se conjura para hacerle la vida insoportable. Solo la proximidad de su partida hacia la patria lo mantiene en pie.
En la estación de Kano, entre mercados bulliciosos y caravanas de sal, se reencuentra inesperadamente con el Mayor Enrique de Beaujolais, oficial de los espahís franceses. Ambos comparten un pasado de amistad que se remonta a Eton, encuentros casuales en Londres, París y sus clubes. Pero Beaujolais está consumido por un misterio que no puede resolver.
El Mayor relata cómo, mientras estaba enterrado vivo en su puesto fronterizo de Tembuctú, le llegó noticia urgente desde el remoto fuerte de Zinderneuf: tuaregs en número creciente cercaban la fortaleza. El bajo oficial al mando ordenó un mensajero a caballo para pedir refuerzos. Beaujolais partió con toda celeridad: vanguardia montada en camellos meharis, escuadrón de mulas, infantería senegalesa. El avance fue récord.
Pero al llegar a Zinderneuf, Beaujolais encontró algo inesperado. El fuerte estaba tranquilo. La bandera tricolor ondeaba en el asta. No había combate, no había ruinas ennegrecidas, no había cuerpos diseminados. Todo parecía normal, como si el sitio jamás hubiera existido. Y sin embargo, todos sabían que algo terrible había ocurrido allí, algo que cambió para siempre el destino de los hombres que lo vivieron.