En la cocina de su infancia, el filósofo Roger Scruton observa cómo el zumo de baya de saúco fermentaba en jarras junto a la estufa marrón. Aquellos sorbos nocturnos entre familia, acompañados de susurros de aprecio, son el punto de…
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En la cocina de su infancia, el filósofo Roger Scruton observa cómo el zumo de baya de saúco fermentaba en jarras junto a la estufa marrón. Aquellos sorbos nocturnos entre familia, acompañados de susurros de aprecio, son el punto de partida de esta meditación que entrelaza la filosofía con la experiencia sensible del vino. Scruton defiende que esta bebida es catalizador de la virtud cuando se practica bajo la disciplina del ritual y la conversación civilizada, y rastrea desde los simposios griegos hasta nuestros días cómo el vino puede transformar el eros en ágape.
En la cocina de posguerra donde creciera Roger Scruton, cada otoño se repetía una ceremonia doméstica: la fermentación del vino de baya de saúco. Mientras las jarras se alineaban ante la estufa marrón y las burbujas ascendían lentamente, cada miembro de la familia guardaba una expectativa que transcendía lo meramente gustativo. Cuando finalmente, tras meses de espera, se abría una botella y se vertía el líquido rojo oscuro en las copas, la conversación que brotaba era menos sobre sabores y más sobre la vida misma. Este recuerdo íntimo abre la puerta a una reflexión filosófica que ocupa todo el ensayo: ¿qué significa beber vino en una sociedad que ha olvidado sus rituales?
Scruton rechaza tanto la prohibición del alcohol como su consumo desenfrenado en las calles modernas. Su argumento discurre por un camino más sinuoso: el vino, cuando se envuelve en la disciplina del ritual, la buena compañía y la conversación digna, no es amenaza para el orden social sino su catalizador más refinado. Rastrea esta convicción desde los simposios griegos, donde los participantes se reclinaban en divanes, envueltos en guirnaldas, y donde cada palabra y cada pausa se cuidaban con precisión ceremonial. En aquellos encuentros, el vino no era vehículo de embriaguez sino de sabiduría: permitía que cuestiones imposibles de abordar en la sobriedad del día—sobre la naturaleza del amor, el deseo, la mortalidad—emergieran transformadas.
Entre los antiguos había también una solución religiosa: el vino sagrado que encarnaba a Dios, que se bebía bajo supervisión teológica y que finalmente cristalizó en la Eucaristía. Ambas soluciones compartían un principio: el vino domesticado es el vino que nos humaniza. El que desata disturbios en las noches de viernes es aquello que falta en nuestras vidas, no aquello que sobra. Es la pobreza cultural de una generación sin canciones, sin poemas, sin argumentos con que llenar los intervalos entre copa y copa.
Scruton escribe en prosa fluida, desenfadada, atacando a los fanáticos de la salud y la vida eterna tanto como defiende la responsabilidad moral de quien bebe. Su propósito final es mostrar que el vino no es enemigo de la virtud sino su aliado, y que la buena vida consiste precisamente en disfrutar de nuestras facultades, amar a nuestros semejantes y aceptar nuestra propia mortalidad.
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