Un soldado con un pie que se convierte en piedra, un médico excéntrico obsesionado con las narices y una orden absurda lo envían en una nave vieja repleta de criminales hacia una zona de batalla.
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Un soldado con un pie que se convierte en piedra, un médico excéntrico obsesionado con las narices y una orden absurda lo envían en una nave vieja repleta de criminales hacia una zona de batalla. Bill, supuesto héroe galáctico, intenta sobrevivir en una travesía que promete ser tan caótica como sus anteriores aventuras a través del cosmos.
Bill patea un cubo en una insignificante estación de suministros. Su pie derecho, convertido en una piedra cada vez más pesada, lo traiciona con cada movimiento, convirtiéndose en un obstáculo inerte que lo persigue sin tregua. Éste es el estado actual del que alguna vez fue héroe galáctico, ahora relegado a labores de carga de cajas de papel multiuso mientras contempla con amargura sus pasadas glorias intergalácticas.
Con un brazo que no es el suyo —herencia de un amigo fallecido— y una serie de prótesis fallidas que jalonan su historial corporal, Bill acude desesperado con el doctor Tajoabierto, un médico excéntrico y profundamente obsesionado con las narices que dedica más energía a sus apasionantes ensayos olfativos que a resolver los problemas de sus pacientes. Lo que Bill recibe no es una solución médica convencional, sino un pimpollo de pie regenerativo militar: un brote rosado del tamaño de una judía en conserva que deberá crecer mientras Bill permanece inmóvil.
Antes de que recupere su movilidad, el comandante Cook —un militar desconcertante obsesionado con las implicaciones estratégicas del papel higiénico— resuelve su dilema de forma expeditiva: Bill será policía militar en La Bounty, una nave vieja y desvenencijada que zarpa hacia Beta Draconis cargada de criminales habituales y reclusos peligrosos. La travesía, lenta y tediosa gracias a sus motores anticuados, llevará semanas de navegación interestelar. Para entonces, su pie habrá crecido y la condena de prisión de los reos habrá cumplido su propósito.
Lo que Bill no prevé es que en una nave llena de asesinos y reclusos, donde la tripulación es tan caótica como los motores, su condición de héroe galáctico resulta tan inútil como una muleta demasiado corta. La zona de guerra hacia la que se dirigen está repleta de naves destruidas, restos de una batalla reciente y, según se intuye de sus anteriores aventuras, mundos donde criaturas monstruosas acechan en la oscuridad cósmica. Bill, ingeniero de su propia desgracia, vuelve a encontrarse atrapado en una travesía de la que no hay escape sensato.
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