Un cálido sábado de septiembre, Blanca ingresaba a un prestigioso curso de repostería en Barcelona. Tras años de formación en París y Nueva York, la chef había decidido anclar su arte en el proyecto familiar: ampliar las cafeterías con…
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Un cálido sábado de septiembre, Blanca ingresaba a un prestigioso curso de repostería en Barcelona. Tras años de formación en París y Nueva York, la chef había decidido anclar su arte en el proyecto familiar: ampliar las cafeterías con salones de degustación. Pero en esa aula de hornos y chocolate, la atracción con Pablo, compañero de clase, se convierte en un laberinto de contradicciones: cercanía que huye, gestos tiernos seguidos de palabras hirientes que cuestionan cada logro.
Blanca llegó a Barcelona tras años de formación culinaria en las escuelas más reconocidas: la prestigiosa Bellart en su ciudad, después París en la Universidad Lenôtre, donde descubrió su verdadera pasión por la repostería, y finalmente Nueva York en el Instituto Culinario Americano de Hyde Park. Regresó con valiosa experiencia en algunos de los restaurantes más importantes de la región, bajo la tutela de maestros galardonados con estrellas Michelin. Sin embargo, tras dirigir la cocina de un importante hotel barcelonés, comprendió que ansiaba algo diferente.
Cuando su padre le propuso ampliar las tiendas familiares de café con una nueva sección de degustación y pastelería, vio la oportunidad perfecta. La idea, surgida de su madre, resultaba ambiciosa: arrendar un local para la cocina profesional, instalar salones en dos tiendas y vitrinas refrigeradas en las demás. Blanca abandonó su puesto sin dudarlo e inmediatamente se inscribió en un distinguido curso de repostería en Barcelona. Bajo la dirección de los maestros más reconocidos del país —Paco Torreblanca, padre de la pastelería moderna; Oriol Balaguer, referente en pastelería de diseño; Ramón Morató, especialista en chocolate—, se propuso perfeccionar sus técnicas.
Lo que no anticipó fue encontrarse con Pablo Garín. Desde el primer día trabajando en parejas, una atracción magnética floreció entre ambos. Pero Pablo respondía con frialdad cuando ella se acercaba, luego la buscaba de nuevo, solo para distanciarse cuando la tensión se hacía evidente. Durante seis meses, Blanca fue víctima de este ciclo confuso: comentarios mordaces que la lastimaban y la llevaban a alejarse, reconciliaciones momentáneas seguidas de nuevos silencios hirientes.
En la cena de clausura, cuando Blanca compartía entusiasmada su nuevo proyecto, Pablo descargó una lluvia de palabras crueles. Insinuó que su éxito era un regalo paternal, que sin la fortuna familiar no sería nada, que su talento era irrelevante ante la seguridad que ofrecía el apellido Egea. Bajo las contradicciones acechaba un hombre consumido por sentimientos que no sabía procesar.