Elena Villa cierra la puerta del despacho de su socio Blanco en una torre de la Castellana. Mientras él medita sobre el último encargo, ella gestiona los números de una agencia silenciosa donde resuelven lo irresolvible.
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Elena Villa cierra la puerta del despacho de su socio Blanco en una torre de la Castellana. Mientras él medita sobre el último encargo, ella gestiona los números de una agencia silenciosa donde resuelven lo irresolvible. En una madrugada de Madrid, en Méndez Álvaro, un accidente de tráfico cobija una incógnita: una figura oscura observa los coches destrozados con la precisión de quien necesita estar seguro de lo que ha visto.
Elena Villa y Blanco forman una sociedad de complices silenciosos en una agencia de la Castellana. Mientras ella administra el orden invisible—cuentas, contactos, la vida práctica—, él se sumerge en un pensamiento retorcido que desmorona los problemas sin sentido. Blanco no busca fama ni contacto humano; es, en cierto modo, un daltónico de los sentimientos, alguien para quien la lógica distorsionada genera respuestas que encajan demasiado bien con lo pedido. Elena paga facturas casi simbólicas gracias a deudas antiguas, registra gastos de colaboradores que ejecutan encargos apenas explicados pero que funcionan. A las cuatro menos veinte de la madrugada, en Méndez Álvaro, un Citroën azul salta un semáforo y embiste un Toyota blanco. El conductor muere en el acto. Su viuda, madre de dos hijos, tiembla bajo la lluvia mientras los agentes municipales cumplen el trámite. No es un accidente excepcional, ni siquiera memorable, salvo por un detalle que transforma todo: una figura en abrigo oscuro se acerca a los coches siniestrados con la precisión de quien necesita estar seguro de lo que ha visto. En ese instante, la casualidad y el diseño convergen.
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