La noche lluviosa que envuelve a Cayo Santiago se quiebra con el repique de las campanas de alarma. Tres naves emergen de la niebla: el bergantín Brazo de Hierro, al mando de Héctor Curbec, una goleta inglesa bajo las órdenes de Lian…
Descargar
La noche lluviosa que envuelve a Cayo Santiago se quiebra con el repique de las campanas de alarma. Tres naves emergen de la niebla: el bergantín Brazo de Hierro, al mando de Héctor Curbec, una goleta inglesa bajo las órdenes de Lian Thorn, y la Corsaria Bretona de Jacqueline de Brest. Lo que sigue es el saqueo sistemático de uno de los puertos más prósperos de las Antillas, donde la brutalidad pirata se entrelaza con cálculos despiadados de poder entre aliados que muy pronto habrán de convertirse en rivales por el dominio del botín conquistado en sangre.
Cayo Santiago duerme bajo la lluvia nocturna. Sus cinco mil habitantes, mercaderes prósperos, descansan en la tranquilidad que concede el trabajo honrado. Los almacenes rebozan de especias, frutas y oro de América, transformados en brocados artísticos. Cuatro fortalezas rodean la bahía, guarnecidas por infantes españoles que vigilan este puerto de felicidad mercantil.
Pero tres naves oscuras avanzan a través de la niebla. El bergantín Brazo de Hierro, al mando de Héctor Curbec, un francés de rostro ascético y un brazo reemplazado por un garfio de acero, trae cuatrocientos hombres. Lo acompañan la goleta inglesa de Lian Thorn, pirata brutal y rechoncho, y la Corsaria Bretona de Jacqueline de Brest, una mujer de altiva belleza que viste de amazona y azota sus botas con la fusta de la impaciencia.
El ataque es rápido y metódico. Las campanas de alarma despiertan la ciudad. Las baterías españolas disparan desde posiciones fijas mientras los piratas maniobran con agilidad mortal. El desembarco es pura violencia: lanchas repletas, sables corvos, arcabuces que abren brechas en las filas defensoras. Los atrincheramientos caen. Las fortalezas, incendiadas desde adentro, se transforman en infiernos de piedra y fuego. Los santiagueses huyen o mueren. El puerto próspero se convierte en un paisaje de ruinas.
Pero el verdadero enfrentamiento comienza cuando los tres aliados se reúnen en la taberna del puerto, sobre el cadáver del tabernero, para repartir lo conquistado. Curbec, arquitecto del asalto, reclama dos partes del botín mientras Thorn y Jacqueline se dividen una. La tensión es palpable. Jacqueline propone un sistema de registro minucioso para evitar hurtos entre los hombres, la fundición de metales, el encarcelamiento del botín en un galeón español. Curbec, conocido por su frialdad implacable, acepta los términos, pero cuando Thorn osa contradecirlo sobre el descanso de los hombres, la violencia emerge. El francés lanza una mesa contra el inglés. Thorn desenvaina la espada. Con una sacudida de su garfio de hierro, Curbec quiebra el acero. La alianza de tres socios unidos por la codicia comienza a resquebrajarse.
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.