En el origen solo existía el vacío, y de ese vacío surgieron los dioses y luego los hombres. Así comienza este recorrido por las distintas formas en que las culturas antiguas explicaron la existencia humana.
Descargar
En el origen solo existía el vacío, y de ese vacío surgieron los dioses y luego los hombres. Así comienza este recorrido por las distintas formas en que las culturas antiguas explicaron la existencia humana. El libro rastrea cómo la mitología y la religión ofrecieron respuestas profundas durante milenios, desde la cosmogonía polinesia hasta el Génesis bíblico, y luego explora el choque transformador con la ciencia moderna: Copérnico desplazó a la humanidad del centro del universo, y más tarde, la geología y la biología revolucionaron nuestra comprensión del tiempo y la vida en la Tierra.
El libro abre con la mitología polinesia: en el principio existía Po, el vacío absoluto, del cual surgieron lentamente las turbulencias primigenias que dieron origen a la luz, el calor y la humedad. De esa unión entre el cielo y la tierra nacieron los dioses y toda la vida. Esta visión antigua sorprende por sus similitudes con lo que la ciencia moderna describe en la teoría del big bang.
La obra recorre cómo diferentes culturas —polinesios, egipcios, griegos, hindúes— desarrollaron cosmogonías similares para explicar el origen del universo y, crucialmente, el lugar del ser humano en ese cosmos. Durante casi dos milenios, el relato del Génesis bíblico dominó el pensamiento occidental: Adán y Eva fueron creados a imagen de Dios, plenamente formados y dotados de superioridad sobre todas las criaturas. Esta narrativa fue tranquilizadora y útil, porque situaba el origen humano bajo la voluntad divina. Algunos eruditos llegaron a calcular fechas precisas para la Creación; el arzobispo Ussher fijó el año 4004 a.C., y su colega Lightfoot afinó hasta precisar la hora exacta: el 23 de octubre a las 9 de la mañana.
Sin embargo, el Renacimiento y la Ilustración iniciaron un quiebre gradual con este marco. Copérnico demostró que la Tierra orbita al Sol, no al revés, desplazando a la humanidad del centro del universo. Bacon y Descartes propusieron el método científico: la observación, la razón y la experimentación como única base para aceptar explicaciones sobre la realidad. Vesalio estudió la anatomía comparada entre humanos y chimpancés, evidenciando similitudes sorprendentes. Linneo clasificó toda la vida en categorías sistemáticas, situando humanos y simios en el grupo de los antropomorfos.
Las nuevas ciencias de la geología y la minería generaron contradicciones insalvables con el dogma creacionista. Los estratos rocosos y los fósiles hablaban de una Tierra mucho más antigua que seis mil años. Cuvier propuso que hubo catástrofes masivas que extinguieron especies, pero Lyell revolucionó la disciplina con sus Principios de Geología, afirmando que los procesos actuales explican el pasado remoto: solo el tiempo, un tiempo vastísimo y gradual, pudo haber esculpido la Tierra tal como la conocemos.
Mientras estas revoluciones científicas ganaban terreno, Buffon sugirió que las especies podían degradarse en el tiempo. Lamarck propuso que evolucionaban en respuesta a su entorno. Y en 1809, el mismo año en que Lamarck publicaba su Filosofía zoológica, nació Charles Darwin, quien cinco años después se embarcaría en el Beagle, un viaje de cinco años que le llevó a observar la vida en múltiples continentes. Sus observaciones sobre la variación de los pinzones entre las islas de Galápagos revolucionarían definitivamente nuestra comprensión del origen humano.
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.