Bat es un murciélago sapiens que escribe historias de terror en el desván de la casa de los Silver. Su vida junto a esta familia ha sido acogedora, lejos del cementerio donde antes habitaba.
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Bat es un murciélago sapiens que escribe historias de terror en el desván de la casa de los Silver. Su vida junto a esta familia ha sido acogedora, lejos del cementerio donde antes habitaba. Pero cierta mañana, la aparición de una misteriosa vendedora de manzanas desata una serie de eventos que recuerdan demasiado a los cuentos que Bat conoce. Cuando Rebecca, la hija menor, prueba una de esas manzanas, cae envenenada. El hospital comienza a poblarse de víctimas de idéntica condición. Y luego, de manera inexplicable, las tres niñas desaparecen de sus camas. Lo que Bat más temía ha sucedido: la frontera entre sus historias de ficción y la realidad se ha desvanecido.
Bat es un murciélago sapiens con un don para las historias de terror. Ha abandonado las criptas del cementerio para vivir en el desván de la casa de los Silver, una familia que lo ha recibido sin cuestionamientos. Rebecca, Martin y Leo comparten con él sus días, sus ideas, sus comidas. Su madre le eligió ropa de color limón. Su padre le construyó un escritorio y una cama a medida. Parecía una vida tranquila.
Pero cierta mañana, cuando Bat descansa en su cama colgada, un grito agudo atraviesa la casa. Es la voz de una vendedora de manzanas en la calle. Algo en esa voz, algo en el tono que porta, hace que Bat se estremezca. Cuando asoma por la ventana ve a una mujer de rostro arrugado, sombrero puntiagudo, ojos que brillan con una intención que el murciélago reconoce de sus propias historias. Es la bruja. La que en los cuentos ofrece frutas envenenadas a princesas desprevenidas. Está aquí. En Friday Street.
Bat intenta advertir a la familia. Su grito es interpretado como paranoia, como el efecto secundario de leer demasiadas historias de horror. La vendedora lo golpea con su escoba y lo lanza contra un poste. Nadie le cree cuando despierta.
Esa noche, durante la cena, Rebecca cuenta a Bat el cuento de Blancanieves. Y en un acto teatral espontáneo, toma una de esas manzanas del cesto que su madre había comprado. Cuando muerde el fruto frente a todos, cae al piso, realmente envenenada. Los aplausos se congelan. La actuación ha terminado.
En el hospital, aparecen otras dos niñas envenenadas. Hay un patrón: todas comieron manzanas. Una de ellas ha perdido la memoria, no reconoce a sus propios padres. Los médicos hablan de epidemia. Pero al día siguiente, cuando la familia vuelve al hospital, las tres niñas han desaparecido. Sus camas están vacías. Alguien vio a una mujer mayor, de sombrero oscuro, caminando por los pasillos esa noche.
Bat había pasado noches escribiendo sobre monstruos y embrujos, creando mundos donde la malicia gobernaba. Nunca pensó que esas historias pudieran cruzar la puerta de su habitación.
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