En el corazón del desierto que devora Fraguas, dos hermanos sobreviven a la sombra del abandono. Kilian e Indivar ven cómo su padre vende a su madre por un pedazo de tierra árido, sellando un destino de exilio en un sótano y trabajos…
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En el corazón del desierto que devora Fraguas, dos hermanos sobreviven a la sombra del abandono. Kilian e Indivar ven cómo su padre vende a su madre por un pedazo de tierra árido, sellando un destino de exilio en un sótano y trabajos precarios. Mientras el desierto avanza sobre el pueblo y la superstición crece, los hermanos descubren que en ellos late la magia de la bruja que perdieron. Cuando cazadores implacables llegan a Fraguas, la pregunta ya no es si sobrevivirán, sino qué precio pagarán por su linaje maldito.
Kilian abre los postigos del cuarto donde lo confinan y ve a su madre siendo arrastrada hacia el desierto, vendida por su padre a cambio de un pedazo de tierra que nunca daría frutos. Las palabras de ella —«nunca seas como los hombres»— quedan grabadas en el niño como una marca de fuego. Así comienza esta novela que sitúa a dos hermanos, Kilian e Indivar, en el pueblo moribundo de Fraguas, donde el desierto avanza lentamente devorando campos y vidas.
Años después, los hermanos subsisten en el sótano de Frank, un hombre taciturno que los tolera a cambio de agua y dinero. Kilian reparte agua con su bicicleta adaptada, viajando entre la fuente vieja y las calles del pueblo; Indivar trabaja en silencio para el carpintero John, ocultando que su verdadera magia es comparable a la de cualquier artesano. La superstición permea cada rincón: la gente observa a los hijos de la bruja, aunque nadie diga nada en voz alta. El desierto no solo quema la tierra, también quema las certezas.
El lazo entre hermanos es lo único tangible que les queda. En sus conversaciones nocturnas, en la forma en que Indivar mantiene quieta su magia para no atraer suspicacias, en cómo Kilian pedalea cada madrugada llevando agua a los que no pueden pagarla. Adri, un chico que también reparte agua, se une gradualmente a sus vidas, trayendo historias del desierto que sugieren que hay más allá de Fraguas.
Pero entonces llegan los cazadores de brujas. Visten de camuflaje y llevan seriedad grabada en el rostro; el que encabeza el grupo viste enteramente de negro, lo que resulta extraño en un desierto que todo lo consume. Su presencia transforma la plaza del pueblo en un espacio de tensión silenciosa. Kilian recuerda al Perro, la bruja adiestrada que vio años atrás, encadenada y vacía. Ahora teme que Indivar pueda correr el mismo destino.
A través de la mirada de Kilian, quien aún es apenas un adolescente, el lector entra en un mundo donde la magia es crimen, donde el desierto es castigo y donde la supervivencia requiere no solo astucia, sino la capacidad de guardar los secretos más peligrosos.
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