A punto de arribar a Santo Domingo, Álvar Núñez Cabeza de Vaca contempla desde la proa cómo las costas verdes emergen del océano. Es el alguacil mayor de una escuadra que viaja hacia La Florida en busca de fortuna y territorio.
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A punto de arribar a Santo Domingo, Álvar Núñez Cabeza de Vaca contempla desde la proa cómo las costas verdes emergen del océano. Es el alguacil mayor de una escuadra que viaja hacia La Florida en busca de fortuna y territorio. A bordo viajan casi seiscientos hombres de guerra, entre ellos soldados curtidos en Italia y Francia, hidalgos sin herencia y marineros de toda condición. Cada uno abriga sus propias ambiciones: tierras, oro, gloria o simplemente una segunda oportunidad. La travesía desde Sanlúcar ha durado más de dos meses, y en Santo Domingo aguardan las órdenes para proseguir hacia aquellas tierras legendarias donde, se dice, existe la Fuente de la Eterna Juventud.
En las primeras décadas del siglo XVI, cuando el Nuevo Mundo aún respira misterio y promesa, Álvar Núñez Cabeza de Vaca, hidalgo de Jerez de la Frontera, se embarca hacia La Florida como alguacil mayor de la expedición comandada por Pánfilo de Narváez. Rondando los cuarenta años, curtido en las guerras de Italia y Francia, Álvar carga en su equipaje el relato manuscrito de su abuelo sobre la conquista de Canarias, una herencia de sangre hidalga que lo sitúa entre los oficiales de mayor rango.
La flota de cinco navíos que transporta a casi seiscientos hombres zarpa de Sanlúcar en dirección a un territorio que captura la imaginación de toda Castilla. Mientras Europa sigue embobada con las hazañas de Cortés y el oro de México, la expedición de Narváez se propone conquistar La Florida, donde la leyenda sitúa la Fuente de la Eterna Juventud. Cada uno de los expedicionarios abriga motivaciones distintas: segundones hidalgos que buscan título y escudo de armas; soldados sin fortuna que ansían tierra propia; marineros que olfatean la posibilidad de riqueza; frailes franciscanos encargados de garantizar el cumplimiento de las leyes respecto a los indígenas.
La travesía de dos meses lleva a la flota a Santo Domingo, donde Álvar recuerda las cartas del Almirante Colón, del que ha leído fragmentos gracias a su amigo Hernando, hijo del descubridor. En esas páginas, Colón describe tierras verdes como las huertas de Valencia en primavera, costas donde la selva cubre montañas enteras, playas de arena blanca. La realidad que Álvar contempla parece confirmar esos relatos: un horizonte de vegetación inabarcable que despierta tanto asombro como inquietud.
Entre la marinería, Álvar encuentra en Trifón, un alcarreño metido a marinero, algo que lo distingue: una lealtad desinteresada, una curiosidad por la estirpe de su oficial, un deseo de arribar a buen puerto antes de que las fuerzas lo abandonen. Entre ambos surge una amistad improvisada que los une más allá de la jerga de rangos y órdenes.
La novela captura el instante previo a la aventura, cuando todavía reina la esperanza intacta, cuando los sueños de fortuna no han chocado aún contra la realidad implacable de la selva, el hambre, la enfermedad y la muerte. Es el retrato de una época en que el honor, el linaje y la ambición personal se entrelazan con la expansión imperial, y en que hombres de diversas condiciones se lanzan hacia lo desconocido sin sospecha alguna de que algunos habrían de padecer naufragios, cautiverios y transformaciones que los harían otros hombres.