Un visitante desciende por las costas de Córcega hasta Ajaccio, donde la libertad de un paseo sin obligaciones lo lleva a recorrer museos y casas históricas.
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Un visitante desciende por las costas de Córcega hasta Ajaccio, donde la libertad de un paseo sin obligaciones lo lleva a recorrer museos y casas históricas. Entre cuadros de maestros antiguos y objetos de devoción relacionados con Napoleón, descubre una reflexión profunda sobre cómo la historia se teje a partir de minucias imponderables y momentos que se recuerdan años después.
Un hombre en vacaciones desciende por la costa occidental de Córcega hacia Ajaccio. Sin obligaciones aparentes pero incapaz de vivir en silencio consigo mismo, se deja guiar por la necesidad de pasar la tarde, entrando al Museo Fesch. En sus galerías descubre una vasta colección privada reunida por un cardenal que fue medio tío de Napoleón. Se detiene ante un cuadro de Pietro Paolini: una madre con ojos grandes y melancólicos que abraza protectoramente a su pequeña hija, quien sostiene un soldado de juguete. En esa pintura el narrador ve reflejada la infelicidad insondable de la vida. Desciende al sótano donde encuentra objetos de devoción: miniaturas, medallones, uniformes comidos por la polilla, figuritas de Napoleón en marfil cada vez más diminutas, hasta convertirse en un punto donde parece desvanecerse la historia. Luego visita la Casa Bonaparte, donde mujeres con curiosos parecidos al Emperador y sus mariscales lo guían entre habitaciones que permanecen como las describió Flaubert hace décadas. En las paredes, un árbol genealógico de finales del siglo anterior: un roble gigante con ramas de las que cuelgan nubes de papel con nombres de reyes y duques, tejido con cabello auténtico de la joven que lo creó. El narrador reflexiona sobre cómo la historia se desplaza por minucias imponderables, por corrientes de aire apenas perceptibles, y se pregunta qué sabemos realmente del pasado. La noche lo sorprende en un hotel desde donde escucha explotar bombas en Córcega.