En un sofocante julio, Armand Gamache, superintendente jefe de la Sûreté du Québec, ocupa el estrado de un tribunal de Montreal para declarar en un juicio por asesinato.
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En un sofocante julio, Armand Gamache, superintendente jefe de la Sûreté du Québec, ocupa el estrado de un tribunal de Montreal para declarar en un juicio por asesinato. Su testimonio ata el crimen a Three Pines, el pueblo apacible y remoto donde vive con su esposa entre bosques y amistades cultivadas. Todo comenzó cuando una figura enlutada perturbó la fiesta de Halloween del pueblo, vigilante y enigmática. Ahora Gamache debe revivir los días que precedieron la muerte, los secretos de su comunidad y la culpabilidad de no haber previsto que el mal llegaría a ese refugio.
Un juicio por asesinato trae a Armand Gamache, veterano superintendente jefe de la Sûreté du Québec, al estrado del Palais de Justice de Montreal durante el sofocante verano. La sala respira tensión: el fiscal persigue cada detalle de su declaración; una juez novata en casos de homicidio intenta descifrar los secretos que leen en los ojos del investigador experimentado. Gamache revela que sus sospechas germinaron semanas antes, cuando una enigmática figura de negro irrumpió en Three Pines durante la fiesta de Halloween, observando fijamente el hostal del pueblo como si esperara algo.
Three Pines no es un lugar ordinario. Es un refugio apartado entre bosques densos, ubicado al sur de Montreal junto a la frontera con Vermont, un sitio al que se llega solo si uno se pierde porque no existe camino que conduzca allí. Es el hogar que Armand y su esposa Reine-Marie eligieron deliberadamente para escapar de los horrores que su trabajo en la justicia les impone cada día. En la plaza tranquila conviven Clara, artista consumida por la duda sobre su talento; Myrna, psicóloga jubilada que administra la librería; Olivier y Gabri, pareja que regenta el bistró; y Ruth, la vieja poeta de lengua filosa. Todos habían tejido una trama de amistad y pertenencia.
Pero la llegada de ese personaje de negro, primero enmascarado en la fiesta, luego vigilante inmóvil en la plaza, desgarró el equilibrio. Un asesinato ocurrió. Gamache realizó la detención; obtuvo una confesión en circunstancias sorprendentes. Ahora debe justificar cada decisión ante la ley, ante el tribunal, ante su propia conciencia. Lo que realmente lo perturba no es la culpabilidad del acusado—de eso tiene certeza—sino los interrogantes sin resolver sobre cómo el mal logró penetrar un lugar que suponía seguro.
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