Un hombre alto, de rostro atezado y cabello canoso, fuma un habano en la biblioteca de Druid's Hollow y relata su increíble regreso a Baltimore. Es Peter Kebble, desaparecido hace veinte años en un naufragio, ahora multimillonario tras…
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Un hombre alto, de rostro atezado y cabello canoso, fuma un habano en la biblioteca de Druid's Hollow y relata su increíble regreso a Baltimore. Es Peter Kebble, desaparecido hace veinte años en un naufragio, ahora multimillonario tras vivir años entre salvajes en la selva brasileña. Su compra de la maldita isla Cayo del Muerto no pasa desapercibida: despliega una actividad febril entre las madres de las hijas solteras de la ciudad, cada una convencida de que la suya será la elegida.
Un ciclón hunde la goleta de Peter Kebble en el Atlántico. Lo rescatan marineros de un barco de contrabandistas que lo retienen a bordo. Naufragio nuevamente en la costa brasileña, Kebble atraviesa la selva pantanosa del Amazonas junto al capitán. Fiebres, fieras y reptiles diezman la comitiva hasta quedarse solo.
Una tribu lo apresa para ofrecerlo en sacrificio. Logra escapar, pero es capturado nuevamente por una tribu rival. Su única moneda de cambio es el conocimiento: licenciado en medicina, sana al jefe tribal mediante un tratamiento adornado de ritos teatrales. Los indígenas lo veneran como un dios enviado.
Durante años, Kebble permanece en la tribu. Convence a los indígenas de que ciertas piedras protegen el territorio cuando su dios las posee. Recolectan diamantes sin saber su valor. Cuando la cantidad es suficiente, organiza una ceremonia de despedida, transmite sus supuestos poderes a los hechiceros y emprende el regreso. Su reputación de dios blanco lo acompaña por la selva, escoltado por pueblos que lo veneran.
Navega el Amazonas, se orienta hacia Brasil y convierte sus diamantes en dinero. Regresa a Baltimore como multimillonario.
La noticia de su compra de Cayo del Muerto —la isla maldita cercana a Florida— causa revuelo en la sociedad. Las madres de solteras movilizan intriga y estrategia para que sus hijas cautiven al aventurero. Kebble, de casi cincuenta años con vigor de treinta, rostro distinguido por el sol y aureola romántica, ejerce un magnetismo irresistible. Su riqueza incalculable alimenta dos meses de especulación frenética mientras la ciudad aguarda la inauguración de su nueva residencia.
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