En una sala de fiestas de Guayaquil, la bailarina Melba advierte en Craig Jasper la marca invisible del hombre que ha aprendido a prolongar la vida contra todo pronóstico.
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En una sala de fiestas de Guayaquil, la bailarina Melba advierte en Craig Jasper la marca invisible del hombre que ha aprendido a prolongar la vida contra todo pronóstico. Jasper no viene de turista: es un cazador de fugitivos en busca de Edgar Wilder, un criminal sentenciado a muerte que se oculta en la ciudad. Lo que comienza como una negociación de pocos minutos en la oscuridad de la madrugada desencadena una captura que solo aparenta ser simple, pues lo que sucede después, en los aires, revela que nada en esta historia es lo que parecía ser.
En una sala de fiestas de Guayaquil, donde los turistas circulan por rebaños y donde apenas unos pocos hombres logran captar la atención de la bailarina Melba, aparece Craig Jasper. Melba, experta en leer los rostros, reconoce en él algo que va más allá de la simple presencia física: ese dominio silencioso de los reflejos que solo poseen quienes han hecho de la supervivencia no una pasión, sino un oficio metódico. Lo que Jasper busca en la oscura trastienda de Guayaquil es Edgar Wilder, el hombre que desde días atrás se oculta en el departamento que Melba alquila. Wilder es un criminal fugitivo, uno que escapó de una sentencia de muerte, un estrangulador que dejó tras de sí una novia asesinada y noventa y tres días de persecución constante.
La noche en que se encuentran, en una calle adyacente al departamento, Jasper propone un trato: quinientos dólares a cambio de permitir su entrada. Su propuesta incluye un frasco de Bourbon que contiene adormidera, una droga sin sabor ni olor ni color. Melba negocia, se resiste, y finalmente acepta. El dinero prometido, la posibilidad de viajar a Nueva York y la insistencia de Jasper sobre la verdadera naturaleza de quien ha compartido su techo confluyen en su decisión final. No sin culpa, Melba entrega la botella.
La captura ocurre sin violencia aparente. Wilder duerme profundamente cuando Craig Jasper entra por la ventana, escalando por el cable del pararrayos, los zapatos atados al cuello. Melancolía en el gesto de Melba: ‘Triunfó el dólar, Craig’. Jasper lo transporta al aeródromo, donde ambos abordan un avión Haviland hacia Panamá.
En el vuelo, atados por las esposas que unen sus muñecas, Jasper y Wilder parecen dos conocidos que han entablado una amistad fugaz. El cazador se comporta con discreción profesional, no mezcla el trabajo con lo personal. Pero cuando Wilder despierta, su comportamiento no corresponde al de un hombre recién capturado. Su regocijo ante el destino que lo espera no cuadra con quien, hace horas, dormía narcotizado. En el pequeño bar reservado para pasajeros especiales, Wilder sonríe con una seguridad que intriga profundamente a Jasper. Las sospechas se acumulan: bolsillos vacíos pero acceso a dinero, una fuga orquestada con técnicos especializados, una calma inexplicable. Jasper comienza a percibir que el hombre al que transporta no es simplemente una presa capturada, sino algo mucho más complejo.
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