La noche de su boda, Edward y Florence se sientan a cenar en una diminuta suite de un hotel en la costa de Dorset, con los nervios de parejas jóvenes que ignoran cómo hablar de sus temores.
Descargar
La noche de su boda, Edward y Florence se sientan a cenar en una diminuta suite de un hotel en la costa de Dorset, con los nervios de parejas jóvenes que ignoran cómo hablar de sus temores. Mientras él aguarda la consumación del matrimonio con ansia, ella experimenta una repulsión visceral que no sabe cómo confesar. Entre los silencios incómodos, la comida fría y la vista al Canal de la Mancha, dos personas que se aman se enfrentan a un abismo de incomunicación que amenaza con destruir lo que apenas comienza.
Oxford, mediados del siglo veinte. Edward Mayhew, joven historiador recién licenciado, y Florence, violinista dotada de una familia intelectual, salen del templo de St. Mary como marido y mujer. Su ceremonia discurrió sin contratiempos; sus padres no se enfrentaron como temían. Al atardecer llegan a un hotel junto a Chesil Beach, donde se aloja la suite de luna de miel: una habitación con chimenea, vistas al mar, una cama de cuatro columnas de blanco inmaculado.
Mientras los camareros entran y salen de la suite a través de escalones embarrados, sirviendo melón decorado con cereza glaseada y asado frío, la pareja comparte la angustia de no poder hablar de lo que los aterroriza. Edward, con su genio curioso y su silencioso valor, espera con ansia el momento en que su mujer se revelaría plenamente ante él. Su preocupación es la de cualquier joven inexperto: el miedo a la premura, a no estar a la altura. Florence, sin embargo, carga con algo mucho más profundo: una repulsión visceral que le retuerce el estómago cada vez que intenta imaginarse aquella noche.
Ella ama a Edward —ama su mente, su originalidad, la forma en que ella se siente envuelta en una nube de amor cuando sus ojos descansan en ella—, pero la idea del acto que supuestamente sellaría su matrimonio le produce náuseas. Ha devorado manuales de instrucción modernos que más bien la han horrorizado con palabras como “penetración” y “glande”. Sospecha que hay algo profundamente anómalo en ella, que su rechazo visceral no es nerviosismo pasajero sino una verdad fundamental que pronto será descubierta.
Edward ve en Florence una mujer singular, cálida, hermosa, talentosa y vulnerable. No sabe que ella lleva semanas queriendo confesar sus temores pero carece de palabras para ello, atrapada en una época en que la conversación sobre dificultades sexuales era simplemente imposible. Mientras contemplan juntos la vista hacia la playa, donde los guijarros infinitos se extienden hasta el horizonte, ambos están a solas con sus miedos, incapaces de atravesar la barrera del silencio que amenaza con transformar esta noche de triunfo en una catástrofe de incomunicación.