Jari tiene diecinueve años, fue criada en la iglesia adventista y habita un caos doméstico en Buenos Aires donde la caridad de sus padres hacia extraños deja poco espacio para ella.
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Jari tiene diecinueve años, fue criada en la iglesia adventista y habita un caos doméstico en Buenos Aires donde la caridad de sus padres hacia extraños deja poco espacio para ella. Cuando se enamora de un chico por internet, cree haber encontrado a alguien de su misma especie; pero la ilusión se quiebra rápidamente. Este es el relato crudo de cómo una joven descubre que la soledad persiste incluso cuando se ama, y cómo el desengaño se vuelve el único destino seguro.
Santina advierte que los hombres de Jari son chubascos: llegan de golpe, la ennegrecen, la llueven un poco y se van. Tras la tormenta, siempre viene otra. Esta es la historia de una joven argentina que aprende temprano que la soledad tiene muchas máscaras.
Jari tiene diecinueve años. Fue criada en la iglesia adventista, en una casa de tres pisos en Buenos Aires donde sus padres albergan permanentemente a gente sin hogar, sin dinero. Ella nunca estuvo sola del todo, pero aprendió a estarlo: se encerraba en el baño para mirarse al espejo, para verificar que existía. Mientras sus padres distribuían su amor entre desconocidos, Jari se sumergía en libros, en la lógica de personajes que al menos estaban donde decían que estarían.
Creció sintiéndose extranjera en su propia casa, diferente de su familia. Sus hermanos abandonaron la fe y se fueron: uno a Estados Unidos, otro a Uruguay. Ella se quedó, la única nacional, acatando una religión que nunca terminó de sentir propia.
A los diecinueve años, cuando conoce a alguien por internet, cree encontrar finalmente a su otra mitad. Son compatibles al noventa y tres por ciento. Chatean hasta las cuatro de la mañana. Se confiesan cosas que en la vida real no podrían pronunciar. Cree que esta vez es diferente.
Pero la ilusión es frágil cuando solo existe en pantallas. Un único enter basta para que el mundo se caiga. Y descubre que el engaño duele en el cuerpo, que la soledad promete nunca abandonarla incluso en brazos de quien la ama.
Este es un relato crudo, sin concesiones, sobre cómo alguien muy joven puede convertirse en cínica. Sobre la distancia entre el amor que leemos y el que sentimos. Sobre la traición, la decepción y el descubrimiento de que ni la bondad de los padres ni la fe de la infancia protegen contra nada. Un confessional de una generación que creció entre la iglesia y la pantalla, buscando conexión donde solo hay imitación de la intimidad.