En una kasaba de provincias donde el verano sofocante alimenta chismes y ociedad, regresa Divko Buntić de Alemania con una nueva mujer —Azra, musulmana— y un gato negro llamado Bonny.
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En una kasaba de provincias donde el verano sofocante alimenta chismes y ociedad, regresa Divko Buntić de Alemania con una nueva mujer —Azra, musulmana— y un gato negro llamado Bonny. Su llegada en un Mercedes alemán despierta la codicia de los vecinos, pero cuando el gato desaparece, la obsesión por encontrarlo revela los engranajes ocultos de una comunidad cerrada donde la envidia germina rápidamente y donde el triunfo es siempre temporal.
En una kasaba de provincias, el verano transcurre tórrido. Los días pasan en conversaciones perezosas a la sombra de los jardines, acompañadas de rakija, café cargado, queso y sandía. Al anochecer, los vecinos se desplazan a las terrazas de los bares o se sientan en los muros de la calle principal, observando a los otros pasar, escaneándolos con ojos críticos, buscando rareza que justifique el veneno acumulado durante meses de monotonía.
Es en este tejido social donde llega Divko Buntić con un Mercedes blanco de placa alemana. Tras veinticinco años cavando zanjas en Alemania, ahorró lo suficiente para construir dos casas, comprarse un auto de lujo y regresar a disfrutar de su pensión. Con él desciende Azra, una mujer de unos cuarenta años —cuya condición musulmana no pasa desapercibida— y un gato negro de considerable tamaño llamado Bonny.
La ciudad conoce bien a Divko. Conoce también a su exmujer Lucija, bellísima y quince años más joven, quien vive en la casa que él le cedió junto con su hijo Martin, recién licenciado en Lengua y Literatura. Lucija odia la ciudad y la ciudad la odia. Cada mañana grita maldiciones desde la ventana. Años atrás, Divko la golpeó brutalmente cuando rumores sobre su infidelidad llegaron desde Fráncfort. La ciudad no intervino: un hombre tiene derecho a castigar a su mujer, pensaban.
Pero todo cambió cuando Bonny desapareció. Una noche, Martin dejó abierta una puerta. El gato, nuevo en la ciudad, vio una ventana abierta y se lanzó a la oscuridad. Durante seis días, Azra y Martin buscaron bajo cada matorral, en sótanos abandonados, volcaron contenedores, persiguieron rumores, llamaron al gato hasta bien entrada la noche. Se convirtieron en el hazmerreír de la ciudad —aunque esta, adormecida meses atrás, agradecía el espectáculo.
La novela captura la mecánica despiadada de una comunidad cerrada. Divko esperaba reconocimiento por su éxito; descubre que la admiración es efímera. La envidia germina rápidamente. Alguien soltará un rumor y toda la plebe se aferrará a él: Divko será un bandido, un cabrón. Su regreso a casa —imaginado como triunfo— se convierte en vulnerabilidad, en pérdida. Azra apenas respira bajo el peso del silencio junto a un hombre sombrío. Martin intenta navegar entre mundos. La ciudad espera el siguiente drama.
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