Un ex seminarista de Chihuahua abandona la vida monástica creyendo que su destino es pelear contra la invasión norteamericana. Tras trabajar en el burdel fronterizo del Chino Ruelas en Ciudad Juárez, reclutando mujeres enanas para clientes…
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Un ex seminarista de Chihuahua abandona la vida monástica creyendo que su destino es pelear contra la invasión norteamericana. Tras trabajar en el burdel fronterizo del Chino Ruelas en Ciudad Juárez, reclutando mujeres enanas para clientes gringos, se suma a Pancho Villa en el ataque a Columbus. Pero la confusión de esa noche, matando caballos en lugar de soldados, lo marca para siempre. Ahora, desde su propio bar, cuenta historias de deserción y vacío, tejidas con reflexiones sobre el desierto chihuahuense que lleva adentro como una doctrina oscura.
En el seminario jesuita de Chihuahua le enseñaron que lucharía contra los demonios del Anticristo disfrazados de norteamericanos, una amenaza tangible en los días de la invasión de Veracruz. Cuando el joven supo de compatriotas quemados vivos en el puente del Río Bravo y leyó en los periódicos los argumentos racistas que esgrimían los gringos para justificar la ocupación de México, creyó haber encontrado su destino revolucionario: pelear al lado de Pancho Villa. Pero la noche del ataque a Columbus, en la oscuridad, confundieron los establos con dormitorios de soldados. Mataron caballos en lugar de hombres, lo que permitió que los norteamericanos se reorganizaran. El saldo final fue de solo diecisiete gringos muertos, en su mayoría civiles, mientras más de cien revolucionarios cayeron. Un fracaso que marcaría toda una vida.
Antes de esa aventura guerrera, tras abandonar el seminario y sus vocaciones rotas, el narrador trabajó en el burdel del Chino Ruelas en Ciudad Juárez, un negocio fronterizo donde se negociaba placer y dinero. Su tarea era reclutar mujeres enanas, algunas traídas de circos que pasaban por Chihuahua, otras convencidas desde pueblos remotos de la Tarahumara. Los clientes gringos las preferían sobre cualquier otra mujer, bebían horas enteras esperando acceso a ellas. El Chino Ruelas, dueño del lugar, era un contador despiadado que registraba hasta el último centavo en su libro de ganancias. El joven veía cómo hombres gigantescos bailaban con estas pequeñas figuras al son de la pianola, veía la brutalidad de encuentros desproporcionados, veía trifulcas y destrucción sin poder evitarlos porque él y su tío eran los únicos ayudantes, y acababa de dejar la sotana.
En ese espacio neutral de la frontera, donde revolucionarios y gringos convivían en relativa paz, un adolescente de casi veinticinco años sin experiencia amorosa guardaba un recelo indefinible ante esa máquina de placer, ante esa jaula donde la dignidad humana se negociaba. Ahora, años después, sentado en su propio bar, revela estos episodios a un interlocutor, tejiendo historias de la frontera con reflexiones profundas sobre el desierto chihuahuense que carga adentro como una verdad religiosa olvidada. Ese desierto de arenas inestables que cambian cada noche según el viento, que deslumbran y marean si los miras fijamente, que convierten el misticismo en alucinación y la alucinación en un vacío cosmológico. Una novela de deserción, donde la fe se pierde, la revolución fracasa y el amor nunca llega, dejando solo el sabor amargo de la saliva.