Tara devora un sándwich en su cocina mientras intercambia mensajes cargados de sarcasmo con Travis Anderson, el hermano de su novio. Apenas pueden verse sin enzarzarse en una batalla de palabras.
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Tara devora un sándwich en su cocina mientras intercambia mensajes cargados de sarcasmo con Travis Anderson, el hermano de su novio. Apenas pueden verse sin enzarzarse en una batalla de palabras. Cuando una invitación a Las Vegas y una noche en el apartamento de Los Ángeles de Blake los obliga a pasar tiempo juntos, la tensión entre ambos crece. Lo que comenzó como un rechazo mutuo podría esconder algo completamente distinto.
Unos vaqueros de hombre yacen olvidados en el salón de Tara, evidencia muda de la pasión que comparten Raylee y Blake. Mientras su mejor amiga se pierde en brazos de su novio, Tara se refugia en la cocina, lejos de la intimidad ajena. Allí, sentada en la encimera con un sándwich, comienza a intercambiar mensajes con Travis Anderson, el hermano menor de Blake. Lo que pudo ser una simple petición de que devuelva una llamada se convierte rápidamente en una batalla de ingenio y sarcasmo.
Travis y Tara comparten un pasado incómodo. Meses atrás, en la boda de Thomas, hermano de Raylee, fueron obligados a compartir cuarto; una experiencia que ambos parecen querer borrar de sus memorias. Desde entonces, cada encuentro es una confrontación verbal cargada de desdén. Tara lo apoda mentalmente «Gilipollas Anderson» con una constancia que sugiere algo más profundo que simple aversión. Travis, por su parte, es un muro de frialdad, un hombre que se retrae del mundo en silenciosa indiferencia.
Pero los planes se tuercen cuando Blake los invita a su apartamento en Los Ángeles, un ático con vistas que atraviesan toda la noche de la ciudad. Travis también estará allí. Raylee, emocionada, intenta sonsacar a Tara sobre lo que realmente sucedió entre ella y el hermano de Blake, convencida de que existe una tensión más compleja que la ficción del mutuo rechazo. Tara lo niega con vehemencia, aunque algo en su defensa suena casi demasiado protesta.
En el espacio del apartamento, entre el silencio y las provocaciones de Tara, surge algo inesperado. El juego de miradas. La proximidad incómoda. Una tensión que va más allá de las palabras mordaces. Lo que ambos construyeron como odio quizás nunca fue más que la forma equivocada de reconocer algo que les asusta admitir.
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