La lluvia fangosa cae sobre Barcelona mientras dos policías vigilan desde su coche en la plaza Lesseps. Una llamada por radio los envía a la casa de un pintor en Rabassada, donde encuentran a un hombre que acusa al artista de haber…
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La lluvia fangosa cae sobre Barcelona mientras dos policías vigilan desde su coche en la plaza Lesseps. Una llamada por radio los envía a la casa de un pintor en Rabassada, donde encuentran a un hombre que acusa al artista de haber asesinado a su esposa. Al llevar al detenido a su domicilio esperan lo previsible, pero descubren a la mujer viva en el interior. El hombre la ve como un fantasma, convencido de que la había visto morir. Lo que comienza como un arresto de rutina se convierte en un misterio inquietante.
En una noche lluviosa de marzo en Barcelona, dos policías de uniforme civil ocupan un coche estacionado en la plaza Lesseps. Galíndez, de complexión robusta y aspecto endurecido, controla la situación desde el volante mientras Manuel Olmedillo, su compañero atípico, escucha atentamente. Una llamada de radio interrumpe su vigilancia: deben dirigirse urgentemente a la casa de un pintor en las faldas de Rabassada.
Antonio Luerga, artista excéntrico que se considera heredero de la bohemia barcelonesa, ofrece esa noche una fiesta en su residencia: una mansión donde la música de saxofón escapa por las ventanas abiertas. Dentro, decenas de personas disfrazadas bailan en un trance colorido, indiferentes al mundo exterior.
Cuando los policías entran, un hombre desesperado les sale al encuentro. Sergio Nabarre, de aspecto vulgar y apariencia gris, está fuera de sí. Ha viajado hasta la mansión con una misión única: acusar a Luerga de haber asesinado a su mujer y exigir su detención. Su agitación es tal que casi tienen que arrastrarlo hasta el vehículo.
Sin embargo, cuando lo conducen a su domicilio en la Riera de San Miguel, el misterio adquiere una dimensión nueva. La puerta se abre. Una mujer sale al encuentro: Ana Nabarre, viva. El hombre cae en pánico absoluto. Jura que vio a su mujer muerta, que ella no debería estar allí.
El médico de la familia, aguardando en la casa, comprende que debe actuar rápidamente. Inyecta a Nabarre para calmarlo mientras el hombre, pataleando y gritando, clama que no quiere ser drogado, que necesita estar despierto, que aquello es la prueba de una conspiración.
Lo que comenzó como una llamada trivial se transforma en enigma desconcertante: ¿qué ha visto Nabarre? ¿Por qué cree que su mujer estaba muerta? ¿Cuál es la verdad que se oculta detrás de esa noche de lluvia?
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