Tirso pasa las noches como vigilante de una obra en construcción, encerrado en una caseta de madera. Apenas tiene ocupación más allá de avivar el fuego y escuchar su propia voz en la madrugada.
Descargar
Tirso pasa las noches como vigilante de una obra en construcción, encerrado en una caseta de madera. Apenas tiene ocupación más allá de avivar el fuego y escuchar su propia voz en la madrugada. El frío y la soledad forman parte de su rutina, mientras observa a distancia las vidas que transcurren en los pisos del edificio enfrente. El sereno Castro visita ocasionalmente con historias sobre robos de la ciudad o anécdotas de su región, pero nada consigue mitigar del todo el desamparo que caracteriza sus largas vigilancias nocturnas.
En la madrugada, cuando apenas circula un autobús casi vacío por las calles, Tirso aguarda en una caseta de madera junto a los cimientos de un edificio en construcción. Sus primeras noches fueron de sobresaltos: cada ruido lo levantaba de golpe, buscando por los rincones posibles intrusiones. Con el tiempo aprendió a convivir con esa inquietud, a diferenciar entre las sombras que crean los objetos y las que inventa su propio miedo. Ahora, envuelto en mantas raídas, descubre en la soledad un cierto consuelo. Habla consigo mismo, remora canciones olvidadas, permite que su voz resuene contra las paredes de la caseta como si fuera otra persona quien le hace compañía en las horas muertas.
El sereno Castro es su único contacto humano: un hombre cojitranco, locuaz, que aparece ocasionalmente cargado de historias sobre el barrio, sobre robos célebres de años atrás, sobre los personajes que habitan los pisos de enfrente. Sus relatos, aunque pesados o exagerados, rompen la monotonía. Tirso siente gratitud por esas visitas, incluso cuando los cuentos lo ponen nervioso.
Desde la caseta, Tirso contempla el bloque de viviendas al otro lado de la calle. Imagina quiénes duermen tras esos cristales oscuros: mujeres, hombres, niños sumergidos en el sueño. Se pregunta qué ocurriría si algo le sucediera en la noche, si enfermara o si un accidente lo dejara tendido. Nadie lo sabría hasta el amanecer. Los vecinos continuarían durmiendo, el edificio seguiría en silencio, indiferente a su posible desgracia. Esta conciencia de la soledad, de ser invisible para quienes descansan a unos metros de distancia, marca el carácter de sus noches de vigilancia.
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.