Raquel llega a su mercado favorito un miércoles por la tarde cuando un desconocido de gafas y barba la ayuda a recoger manzanas caídas. En los minutos que comparten degustando sidra, algo despierta en ella.
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Raquel llega a su mercado favorito un miércoles por la tarde cuando un desconocido de gafas y barba la ayuda a recoger manzanas caídas. En los minutos que comparten degustando sidra, algo despierta en ella. Esa noche asiste con su marido Jaime a la fiesta de compromiso de su mejor amiga Alicia. Raquel carga el peso de una conexión que no sabe cómo nombrar, sin imaginar que el encuentro casual del mercado está a punto de atravesar todos los límites que creyó haber establecido.
Un miércoles por la tarde, Raquel irrumpe en el mercado de barrio que frecuenta desde hace años. Cuando la caja de manzanas se cae, alguien se acerca a ayudar. Es un hombre alto, de gafas negras y barba oscura. En los minutos que transcurren entre recoger frutas y probar sidra, algo imperceptible sucede. Él habla con calidez; ella responde sin pensar. Cuando se separan, la mano de él aún toca la de ella durante segundos extras. El contacto deja una marca que Raquel no sabe cómo procesar.
Ese sábado llega pronto. Se viste con un vestido verde y labios carmesí. Su marido Jaime la observa en el espejo, la besa en el cuello, le susurra halagos. Sus manos saben dónde tocarla. Cuarenta años de matrimonio no han apagado esa familiaridad. Se dirigen a la fiesta de compromiso de Alicia, su amiga de toda la vida.
La casa es enorme. Hay más de cien personas. Raquel busca a Alicia entre caras conocidas y desconocidas. Su amiga aparece exasperada, rodeada del caos de una boda que aún no sucede. Cuando pregunta por el cuñado, ese medio hermano de Andrés que ha vivido en Asia durante años, Alicia sonríe. Raquel aún no sabe que ese cuñado y el desconocido del mercado son la misma persona. No sabe que el encuentro casual del miércoles no fue tan casual. No sabe que algunas conexiones no respetan los límites que creemos haber establecido.