Roberta Lamata Feliz es una joven madrileña de veintitrés años cuyo nombre hereda de una madre obsesionada con un primer amor. Entre estudios de Periodismo y el negocio familiar que comparte con su padre, Roberta navega una vida de…
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Roberta Lamata Feliz es una joven madrileña de veintitrés años cuyo nombre hereda de una madre obsesionada con un primer amor. Entre estudios de Periodismo y el negocio familiar que comparte con su padre, Roberta navega una vida de contradicciones: inquieta pero responsable, ambiciosa pero sardónica. Su familia, excéntrica como pocas, incluye una abuela apasionada por la mitología griega que bautizó a todos sus hijos con nombres helenos, un hermano menor adorable pero desconcertante, y una madre insomne que cocina croissants cada madrugada.
Roberta Lamata Feliz regresa a casa tras un accidente menor en el autobús: cordones desabrochados, caída de bruces, una botella rota en la acera. Aún sucia y malherida abre la puerta para recibir a Úrsula, su nueva vecina, quien llega sonriente con una bandeja de croquetas de bacalao. La desconocida observa el aspecto lamentable de Roberta con una confusión progresiva, mientras esta intenta justificar sus moretones con una anécdota que suena más creíble de lo que realmente es.
Así comienza la historia de una joven madrileña de veintitrés años cuya vida es un entramado de contradicciones y peculiaridades. Su nombre mismo es síntoma de ello: Roberta, porque su madre decidió nombrar Roberto al primer hijo en honor a un amor juvenil nunca confesado. Resulta que el primer hijo fue una hija, y aquí está ella, conviviendo hace dos décadas con un nombre que rechazaba pero que ahora lleva con cierta resignación irónica.
En su casa conviven personajes memorables. Su madre es una maníaca de la limpieza con insomnio crónico que ocupa las noches haciendo desayunos elaborados y puliendo superficies. Su abuela Isabel, obsesionada con la mitología griega desde que un libro cayó en sus manos, bautizó a todos sus hijos con nombres helenos: Pericles, Zenón, Afrodita, Helena y Deyanira. Ninguno de estos nombres parecía coincidir con las personalidades reales de sus portadores.
Su padre, Miguel, es un hombre de carácter que dirigió la empresa familiar hacia el éxito. Roberta es su única esperanza para continuar con el negocio, y ella, sorprendentemente, ha encontrado satisfacción en ese trabajo que al principio le parecía demasiado masculino.
Roberta estudia Periodismo, una elección que la llevó a comprometerse consigo misma de no hacer la pelota a profesores. Compromiso que rompió este año cuando tuvo que pedir que le subieran medio punto. Su hermano pequeño, Paul, a los doce años, posee una cualidad desconcertante: un don para romper cosas sin aparentemente darse cuenta.
Roberta se despierta cada mañana con tres despertadores estratégicamente ubicados para torturar sus tímpanos. Hoy amanece de mal humor tras una pesadilla recurrente sobre un baile de fin de curso donde ningún chico la sacaba a bailar. Mientras se prepara, su madre la llama porque el croissant a la plancha se enfría.