Una mujer observa a una desconocida en el subte de Buenos Aires, en el denso calor del verano porteño. Rasgos, voz, ropa, actitud: todo es idéntico al suyo. Cuando se acerca, ese otro yo se abraza violentamente y desaparece.
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Una mujer observa a una desconocida en el subte de Buenos Aires, en el denso calor del verano porteño. Rasgos, voz, ropa, actitud: todo es idéntico al suyo. Cuando se acerca, ese otro yo se abraza violentamente y desaparece. Así comienza este libro de cuentos donde lo cotidiano se abre hacia lo fantástico. En cada relato, situaciones simples —un viaje en transporte, una conversación familiar, un reflejo en el espejo— se transforman en encuentros extraños, a veces perturbadores, siempre memorables. Córdoba palpita como presencia invisible en cada página, mientras la autora entrelaza humor, melancolía e inquietud.
Una mujer en el subte descubre su propio reflejo viviente que desaparece. En un apartamento, la heladera se puebla de insectos tras guardar alimentos de una vecina desvanecida. Dentro de una pintura del Metropolitan, una esposa encuentra el gondoliero que la abraza en la eternidad. Bajo el espejo del baño, las arrugas ceden ante una metamorfosis reptiliana. Los cuentos de Analía Lastra construyen ese territorio donde lo ordinario se fractura sin aviso, abriendo grietas a lo fantástico, lo inquietante, lo sobrenatural.
Con tonada cordobesa reúne relatos que navegan la frontera entre el realismo y la transformación. Una charla de educación sexual en la escuela, el viaje diario en transporte colectivo, una conversación final en la sala de terapia intensiva, el acto reflexivo ante un espejo: detonantes cotidianos que disparan quiebres profundos en la realidad de los personajes. Lastra, profesora de inglés, teje influencias de la prosa anglosajona —Jane Austen, Alice Munro, O. Henry— con resonancias de autores locales como Silvina Ocampo, Liliana Heker y Julio Cortázar.
El humor emerge en detalles precisos: el marido porteño que desde el Metropolitan reclama una carnecita a la parrilla, las manos frenéticas de una mujer revolviendo en la cartera en el subte, la circunspección de una lagartija caminando por vidrios en la noche. Pero bajo esa levedad acecha lo perturbador: desapariciones abruptas sin explicación, encuentros con propios reflejos que cobran vida, vecinas que ya no pertenecen al mundo de los vivos. La melancolía destella en los momentos de ternura interrumpida, en el abismo de clase que separa a Rosaura de su amiga rica, en las manos frías de la madre que ya no se calentarán.
Córdoba no es mero telón de fondo sino presencia palpable, raíz que palpita en cada página. El acento cordobés que surge en un vagón del subte capitalino, la tonada que identifica a los personajes, esa certeza de que algunos corazones habitan esa región. Los espacios urbanos se transforman en escenarios de revelación: el subte D con sus pasajeros hipnotizados por celulares, los colectivos de la ciudad, las azoteas donde lagartijas bailan bajo la luna, los pasillos del museo donde los cuadros guardan secretos. Lastra construye un universo donde los personajes descubren quiénes son, qué creen ser, o cómo la realidad puede deslizarse hacia territorios desconocidos.
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