Un encuentro junto al mar en Barcelona entre el narrador y su amigo Dani el Rojo marca el inicio de este relato que retrocede a la infancia de Miguel Ángel Soto.
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Un encuentro junto al mar en Barcelona entre el narrador y su amigo Dani el Rojo marca el inicio de este relato que retrocede a la infancia de Miguel Ángel Soto. Desde los seis años descubre la adrenalina del robo en pequeños quioscos; a los ocho recibe una escopeta de su padre como regalo de comunión. Su adolescencia transcurre entre expulsiones de colegios, gamberradas cada vez más audaces, y la influencia temprana de las armas. A través de bandas callejeras, generosidad sin límites y la proximidad a la droga, el relato documenta cómo la búsqueda de poder y pertenencia lo condujo gradualmente hacia caminos criminales, en un testimonio crudamente honesto sobre los mecanismos del descarrilamiento.
La imagen recurrente es simple pero poderosa: el autor sentado frente al mar de Barcelona con su amigo Dani el Rojo en un chiringuito, compartiendo la serenidad de dos hombres que han sobrevivido a sus propios infiernos. Desde esa tranquilidad presente, el texto retrocede para revelar cómo se forjó esa amistad extraordinaria y, en paralelo, la propia historia de Miguel Ángel Soto Martín.
Su infancia en una familia de clase media-alta no carece de nada materialmente. Sin embargo, desde los seis años siente la atracción irresistible del robo. No roba por hambre sino por la dosis de adrenalina que produce tomar algo ajeno sin permiso. Comienza con hurtos infantiles en un quiosco cercano: tebeos, rotuladores, gomas. Descubre pronto que prestar estos objetos a otros niños genera ganancia, y la idea del dinero se convierte en una obsesión permanente que jamás lo abandonará.
A los ocho años, su padre le regala una escopeta del 9 para la caza, gesto que en su familia castellana se considera normal pero que marca profundamente al niño. Años después hereda un revólver del 38, y el pequeño Miguel Ángel se siente entonces como los cowboys de las películas, invencible e inalcanzable. Su padre advierte esta inclinación hacia las armas y la alimenta, orgulloso de ver crecer a su hijo en ese camino.
La educación formal se convierte en un campo de batalla. En el Liceo Santa María es expulsado tras un incidente donde el director lo castiga pisándole los dedos del pie, rompiéndole tres. Su padre lo acompaña al colegio al día siguiente y golpea al director, estableciendo que nadie agrede a su hijo sin consecuencias.
Su paso por los Maristas del Paseo de San Juan, un colegio gigantesco con iglesia y piscina, lo sumerge en un mundo donde la aceptación social depende de marcas de lujo. Deliberadamente agrupado con otros chicos de mal comportamiento para su corrección, descubre que la mejor resistencia es la rebeldía coordinada: roban exámenes, extraen fusibles para apagar luces. En un episodio memorable, queman el cine escolar al cortocircuitar la instalación eléctrica con monedas. Cada trastada lo aproxima más a ser considerado un indeseable.
En la Academia Febrer, a los trece años, sus padres le dan dinero para comer, pero lo malgasta en taxis y diversiones. Su padre prospera con una pequeña empresa de reparación de electrodomésticos que lo enriquece, y Miguel Ángel roba sin culpa los fajos de billetes de su mesita de noche. Con esa fortuna invita a sus amigos a todo, generoso y despreocupado, sin advertir que esa cualidad lo arrastrará hacia la perdición.
Sandra Martínez lo introduce entonces en un mundo de droga y bandas callejeras. El tabaco es su droga, pero la curiosidad sobre sustancias prohibidas lo atrae irresistiblemente. Las bandas de la época, pequeñas organizaciones juveniles que se enfrentaban entre barrios, ofrecen integración y estatus a quien anhela ser algo más que un pipiolo. El descenso ha comenzado.
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