Al cruzar el portón de Cien Victorias, un arbusto de ajíes dulces enredado en un rosal detenía el paso. Después de cuarenta años, tía Candela regresa a la casa de su infancia llevando el peso de las memorias.
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Al cruzar el portón de Cien Victorias, un arbusto de ajíes dulces enredado en un rosal detenía el paso. Después de cuarenta años, tía Candela regresa a la casa de su infancia llevando el peso de las memorias. Entre las ruinas invadidas de hiedra y palomas, los cuartos revelan historias de familia: el abuelo Manuel, la abuela Eduviges, la hermana Nina, y sobre todo Eloísa, la criada que fue maestra y cocinera del hogar. A través de estos recuerdos, tía Candela teje una narrativa de afectos, secretos y misterios, mientras la naturaleza reclama lentamente la casona.
Al entrar en Cien Victorias, una casona rural rodeada de cafetales y montaña, tía Candela se enfrenta a cuatro décadas de abandono. Acompañada por su sobrina, recorre las ruinas de una casa que alguna vez fue próspera, donde cada rincón guarda una historia. El relato se teje mediante los recuerdos de tía Candela, quien revive su infancia y la de su hermana Nina, la madre de quien la acompaña.
Eloísa es el eje emocional de la novela. Llegó a la casa como criada tras la muerte de la abuela, traída por una cocinera vieja para ocuparse de las dos niñas huérfanas de madre. Pero Eloísa trascendió su función inicial: se convirtió en maestra, cocinera, protectora y guardiana de secretos. Era capaz de transformar lo desagradable en delicioso, de cambiar el sabor de un jugo de rábanos amargo por agua de cayena y lima. Sus inventos culinarios tenían nombres poéticos: «llantos de dioses», «besitos de negra», «tartaletas de crema». Para las niñas, Eloísa fue el sostén emocional que el padre viudo no podía proporcionar.
El abuelo Manuel es una figura fantasmal que recorre la narrativa. Viudo después de la muerte de la abuela Eduviges, se dedica a administrar Cien Victorias, a viajar al puerto para asuntos comerciales, a cazar y recorrer los montes. Es un hombre de pocos afectos explícitos, pero sus gestos silenciosos —pequeñas piedras del río, trozos de madera que supuestamente donaban duendes— revelan ternura. Sin embargo, hay secretos que rodean al abuelo y la casa. El capitán Monagas, quien visitaba periódicamente, llega un año enfermo y se queda a morir en Cien Victorias, recibido únicamente por Eloísa. Su entierro es extraño, sin rezos póstumos, guardado en silencio. Hay un cuarto que el abuelo Manuel selló antes de partir, un espacio que permanece clausurado, guardián de misterios nunca revelados completamente.
La casa misma es un personaje. Contiene una vitrina labrada con el nombre de Cien Victorias, regalo de un general presidente, que alberga vajillas con pinturas de generales y batallas de independencia. Para las niñas, la vitrina es mágica, sus piezas «sarcófagos donde yacen genios dormidos». Eloísa años después abre esta vitrina y usa las piezas para servir, despertando cada objeto. También está la capilla con altar a Nuestra Señora de las Victorias, donde se acumulan promesas y prendas tejidas con devoción. La cocina es el corazón palpitante, sellado por el abuelo Manuel.
Conforme tía Candela recorre la casa con su sobrina, la línea entre pasado y presente se disuelve. Los recuerdos se hacen cada vez más vívidos. Las visiones nocturnas que cierran la novela fracturan el tejido realista: soldados heridos llenan los pasillos, el abuelo Manuel carga a Nina nuevamente, la abuela Eduviges se transforma en una mariposa gigante y enlutada. El tiempo se retuerce, lo onírico invade lo narrativo, la frontera entre memoria y alucinación se borra. La naturaleza recupera la casona poco a poco: hiedra, palomas, raíces que levantan losas, árboles que crecen dentro de las habitaciones.
Cien Victorias es un viaje por la pérdida, la ternura, el secreto y el abandono. Es una meditación sobre cómo las casas albergan historias que no siempre se cuentan, sobre cómo los seres que amamos moldean nuestras vidas de formas que solo comprendemos cuando miramos atrás.
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