El 22 de noviembre de 1286, Alfonso el Liberal zarpa de Salou con su escuadra hacia Menorca. Así comienza la singular historia de una isla siempre al margen del devenir español.
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El 22 de noviembre de 1286, Alfonso el Liberal zarpa de Salou con su escuadra hacia Menorca. Así comienza la singular historia de una isla siempre al margen del devenir español. Micaela Mata recorre siglos de transformaciones: la Menorca medieval bajo la Corona catalanoaragonesa, asediada luego por piratas, ocupada por ingleses y franceses durante el XVIII. En cada invasión, el pueblo menorquín preservó su propia voluntad. Una comunidad austera y laboriosa cuyo carácter resistió cada cambio político, forjando una identidad que ninguna potencia extranjera logró disolver.
Desde la Edad Media hasta 1802, Menorca vive una historia distinta a la del resto de España. El 22 de noviembre de 1286, Alfonso el Liberal zarpa de Salou con una escuadra hacia la pequeña isla balear. Su posición estratégica en el Mediterráneo occidental la mantendría siempre en el cruce de ambiciones europeas. Con esta conquista, Menorca pasa a la Corona catalanoaragonesa, pero sin que se borren los rasgos profundos que la definen.
Micaela Mata, autora educada en Inglaterra, recorre los avatares de esta isla singular con los matices narrativos que caracterizan su pluma. Después de la conquista catalana, Menorca enfrenta el XVI como presa de piratas mediterráneos. Los corsarios la atacan, la saquean, la convierten en refugio y víctima a la vez.
En el XVIII, los Borbones llegan a España y la trayectoria se complica. Los menorquines, patriotas catalano-insulares, apoyan al pretendiente austríaco. Pero el abandono los desilusiona. La primera ocupación inglesa los hace defensores del catolicismo tradicional y la lengua catalana. Una ocupación francesa aporta cultura, pero no gana lealtad verdadera. Vuelve un gobierno español intransigente. Tres veces más llegan los ingleses con su respeto por las libertades.
Durante casi cien años, Menorca es arrastrada por el torbellino político europeo. Cada ocupación marca su territorio: árabes con pozos y nombres, catalanes con leyes y fe, franceses e ingleses con cultura y libertades. Pero el pueblo menorquín, sencillo y reaccionario, labrador y sobrio, se aparta de los privilegios y se repliega sobre sí mismo.
La paz de Amiens de 1802 incorpora definitivamente Menorca a España. Su carácter, sin embargo, está ya moldeado: austero, infrangible, secreto, como sus tierras cercadas por muros antiguos. Las conquistas y reconquistas no destruyeron su identidad sino que la fortaleció.