Cuando la manada llega a las aguas furiosas del río Canadian, Jim Conway, capataz del arreo hacia Abilene, ordena el cruce inmediato pese a la oposición de su equipo.
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Cuando la manada llega a las aguas furiosas del río Canadian, Jim Conway, capataz del arreo hacia Abilene, ordena el cruce inmediato pese a la oposición de su equipo. En medio de la turbulencia, Nick Linton, un vaquero rebelde, ejecuta su traición: golpea a Conway con su látigo y lo arroja a las aguas embravecidas. Lo que sigue es una batalla épica por la supervivencia, mientras Conway lucha contra remolinos mortales aferrado a un tronco a la deriva.
Jim Conway ha sido designado para comandar un arreo de mil cabezas desde el rancho Bar Diamond hacia Abilene, en lo que constituye su tercera jornada por la senda de Chisholm. A diferencia de sus desplazamientos previos, cuando era uno más entre los peones, ahora soporta el peso completo de la responsabilidad.
Sin embargo, la desgracia lo persigue. El trayecto ha estado marcado por una cascada de calamidades: desbandadas de ganado, una tormenta eléctrica que destruyó el abastecimiento, ataques de comanches nómadas que hirieron a varios de sus hombres. Cada suceso minó la moral del equipo, llevándolos al borde de la insubordinación. Nick Linton, un peón corpulento de modales bruscos, representa su mayor desafío: cuestiona permanentemente las decisiones de Conway y alienta el descontento colectivo.
Ante ellos, el río Canadian constituye una barrera formidable, sus aguas desbordadas por la tormenta que se cierne. Conway decide acelerar el cruce; Linton y otros se oponen. Pero Conway, en su autoridad de capataz, prevalece. La manada se lanza a la corriente en un acto desesperado. Los animales forcejean contra las fuerzas del agua, mientras maderos a la deriva causan estragos. Conway coordina el esfuerzo desde la corriente.
Sobre su caballo, Linton aparece entonces y comete el acto que lo define: asesta un golpe brutal a Conway con su látigo, derribándolo de la montura hacia las aguas turbulentas. Inconsciente, el capataz es arrastrado por remolinos y depresiones del lecho. En una prueba extrema de voluntad, se aferra a un tronco a la deriva, resistiendo la succión de los remolinos y los azotes de la roca. Tras un combate titánico con los elementos, logra tocar tierra.
Otros vaqueros de un arreo distinto lo descubren semiconsciente en la orilla. Lo trasladan a un carro y lo resguardan con mantas mientras regresa en sí.
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